
Una novela que retrata perfectamente la burbuja inmobiliaria española: la corrupción, los pactos fuera de la ley, la codicia…
Durante esos cuatro años el trabajo fue frenético. Al principio, en un mercado que funcionaba bajo la máxima de que “lo único que no da beneficios es lo que no se construye”, había que edificar lo que fuera, donde fuera. Luego, tras el desplome, hubo que intentar renegociar la ingente deuda con las entidades bancarias, ajustar plantillas, achicar ladrillos para mantener la nave a flote... un nuevo abanico de tareas para los abogados que aun resistíamos, cuando la mayoría de arquitectos, ingenieros y comerciales habían sido acompañados hasta la puerta. Hasta que ya no pude más, rescaté mi vieja caja de cartón y me marché.
Tardé nueve meses en escribirla, el mismo tiempo que mis amigas dedican a otros menesteres. Fueron tardes felices, encerrada en casa con mi música y mi ordenador. Pero tenía que volver a trabajar, porque en este país de la literatura no se vive. Y el azar, que nunca deja de sorprenderme, dejó mi curriculum donde menos lo esperaba: directora de servicios jurídicos de un club de fútbol, un puesto que ni pintado para alguien como yo, que nunca le he dado una patada a un balón.... ¡Ay, el fútbol! otro mundo apasionante, otra brillante supernova a punto de estallar. Aunque esto, claro está, será otra historia.
El debut literario de Laura Anguera supone un soplo de aire fresco en la nueva narrativa española, club al que accede con una novela exquisitamente bien escrita y en la que nos traslada a nuestro pasado más reciente: la burbuja inmobiliaria que ha cambiado el paisaje de nuestro país, como también cambió la vida de los que fueron sus más directos protagonistas.
Desde una perspectiva ligera y mordaz, esta novela habla de empresarios sin escrúpulos, de banqueros de discutible moralidad, de prácticas legales aunque de dudosa ética, de alcaldes corruptos, de enormes cantidades de dinero, de especulación... Pero también habla de amor, de poder, de vanidad, de ambición, de miedo, de instinto de supervivencia. Habla de los que siempre ganan. Y también de quienes se dan por vencidos y de quienes no se resignan a ello.
Tras nueve años ejerciendo como abogada en un gran despacho, trabajando a destajo, sin horarios y sin vida, un cliente -una promotora inmobiliaria propiedad de una entidad bancaria- me ofreció un puesto ejecutivo: directora del departamento de sociedades participadas, la posibilidad de sentarme en el consejo de administración de catorce sociedades cuyo accionariado compartíamos con catorce socios distintos, cada uno con una manera propia de entender el negocio inmobiliario. Y de gestionarlo. La promotora de un banco, préstamos y ladrillos, el binomio perfecto. ¿Quién podría reprocharme que metiera mis pertenencias en una caja y saliera por la puerta del bufete a toda prisa? ¿Quién podía c...
Una novela que retrata perfectamente la burbuja inmobiliaria española: la corrupción, los pactos fuera de la ley, la codicia…
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