
Contra todos los tópicos repetidos en las conmemoraciones del 18 de julio de 1936, Ángel Viñas renueva nuestro conocimiento de los orígenes de una sublevación que -gracias en buena medida a factores externos- se transformó en guerra civil. Se vale para ello de nueva documentación y de un riguroso ejercicio de la crítica histórica. Nos muestra, en primer lugar, bajo una nueva luz la participación activa que Franco tuvo desde las Canarias en la conspiración, en una visión en que la historia del Dragon Rapide, desenmascarada aquí de sus falacias, y el misterio de la muerte violenta del general Balmes encajan en una interpretación coherente de los acontecimientos.
No menos interesante es su análisis de la forma en que la trama civil de la conspiración actuó en la escena internacional, y en especial del éxito alcanzado en situar a Inglaterra contra la República española, seguido a través de una minuciosa exploración de los informes de los servicios de inteligencia británicos, que sabían, gracias a la intercepción de las comunicaciones de la Komintern, que no existía plan alguno de revolución comunista en España. Así fue cómo una república calumniada -gracias en parte a un dramático fallo del aparato diplomático y de espionaje al servicio del gobierno hiperconservador británico de la época- fue abandonada en manos de sus enemigos.
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Ángel Viñas es catedrático de Economía desde 1975 y técnico comercial y economista del Estado desde 1968. Sus últimas obras son En las garras del águila. Los pactos con Estados Unidos, de Francisco Franco a Felipe González (1945-1995) (Crítica, 2003) y La soledad de la República. El abandono de las democracias y el viraje hacia la Unión Soviética (Crítica, 2006). El escudo de la República. El oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937 (Crítica 2007), El honor de la República. Entre el acoso fascista, la hostilidad británica y la política de Stalin (Crítica 2008) y, con Fernando Hernández, El desplome de la República (2009). Como fruto de su actividad diplomática, cab...
La verdad, Almudena Grandes
Escribo esta columna bajo el impacto que me ha causado el último libro de Ángel Viñas. Fruto de una investigación exhaustiva en secciones recientemente desclasificadas de diversos archivos, La conspiración del general Franco aporta argumentos decisivos para desmontar lo que aún es la versión canónica del 18 de julio de 1936. Pero lo que más me ha impresionado no es que Franco pudiera volar desde Canarias hasta Marruecos gracias al probable asesinato del general Balmes, ejecutado para darle la excusa de ir a su entierro y viajar así desde Tenerife hasta Las Palmas. Ni siquiera los indicios de que algunos servicios o, al menos, algunos servidores de la Inteligencia británica estuvieran al corriente, si no implicados en la conspiración. Lo que más me afecta es que en 2011 aparezca un libro capaz de contarlo.
Durante décadas, la muerte de Balmes, la ruta delDragon Rapide, han alentado hipótesis desestimadas como locuras rencorosas por quienes detentaban el monopolio de la verdad oficial. Otra verdad, la auténtica, sepultada bajo toneladas de polvo y de mentiras, ha encontrado un camino para reivindicar su incorruptible terquedad. Eso es lo que más me conmueve en estos días pantanosos, esta época desnuda de certezas, enjoyada de precariedades, en la que cada mañana despertamos a una actualidad que se parece demasiado a un guión escrito previamente para anestesiar nuestra razón, para extirpar nuestras dudas.
La verdad, por muy remota que sea la fecha a la que remite, siempre aflora a tiempo. Algún día se sabrá quién diseñó esta crisis. Nosotros no viviremos, pero otros aprenderán quién planteó el empobrecimiento de las clases medias occidentales como una inversión rentable. Y entonces, aunque abunden los tontos que digan que no, la historia enseñará a nuestros nietos a comprender su presente, y el futuro de sus hijos.
La entrada que sobre Franco aparece en el nuevo Diccionario Bibliográfico Español de la Real Academia de la Historia ha levantado numerosas emociones, ha llevado a quejas justificadas e incluso a alguna interpelación parlamentaria. Podría argüirse que es un tema menor, en comparación con los problemas económicos y sociales que acucian hoy a una gran parte de los españoles. Su autor, el eminente medievalista profesor Luis Suárez Fernández, se ha defendido mal.
En este periódico he apuntado algunos de los disparates históricos que, quizá por casualidad, se han “deslizado” en su nota biográfica. Ahora deseo ofrecer a los lectores una imagen alternativa de su biografiado.
Hubo, en efecto, otro Franco. Tuvo una característica que le separa de cualquier colega de dictadura europeo en el siglo XX. No es, desde luego, de las más recomendables. Mussolini, por ejemplo, hizo eliminar a Matteotti. Stalin, nunca retrasado, se desembarazó de Kirov. Hitler, por su parte, ordenó la ejecución de von Schleicher y de Röhm. Los tres dictadores ya estaban encaramados en el poder. Son casos han dado origen a abundante literatura.
El dictador (perdón, el Caudillo) español dejó no obstante a sus colegas en auténticas mantillas: su ascensión hacia la gloria partió, a diferencia del Duce, del Vojz o del Führer, desde el pedestal del asesinato. Casi sin dejar huellas. Efectuado a hurtadillas por persona interpuesta. Desfigurado de inmediato. Olvidado en la historia. Pero no por ello menos susceptible de caer de lleno bajo el artículo 412 del Código Penal de 1932 entonces en vigor y que, para más inri, mantuvieron incólume las revisiones de 1944 y 1963. Entre las notas que tipificaban la figura de asesinato se hallaban las de alevosía y premeditación (esta última no desapareció hasta la versión, actualmente vigente, de 1995).
La víctima fue un compañero de armas y de Arma (algunos dicen que también amigo), el comandante militar de Gran Canaria, el general Amado Balmes Alonso, hecho como Goded, Franco y Mola en las campañas marroquíes. El profesor Suárez Fernández no se aparta un ápice de la interpretación que propagó la dictadura (perdón, el régimen): Balmes sufrió un “accidente” al desencasquillar una pistola que apoyó en su bajo vientre. Inteligentemente, no entró en más detalles. Ricardo de la Cierva sí lo hizo. Pero en los archivos militares de Segovia y de Las Palmas existe documentación –que ninguno de ellos manejó– que permite apuntalar la versión opuesta. También, de paso, consignar a la basura el tipo de diligencias que llevaron a cabo unos cuantos militares que iban a sublevarse menos de 48 horas después.
Por fortuna para el historiador, la persona encargada de llevar a Franco el famoso Dragon Rapide no sólo era un antiguo agente de la inteligencia militar británica. También era una autoridad en el manejo de armas cortas, sobre las que había escrito profusamente, y tenía además experiencia forense acumulada como experto en diversos casos criminales. En entrevistas con periodistas ingleses, en 1936 y en 1939, no tuvo inconveniente en afirmar que a Balmes le habían pegado un tiro. Una de las hijas que le acompañó en su expedición a Gran Canaria declaró lo mismo a investigadores del Imperial War Museum de Londres en 1983.
Cualquier historiador que se precie trata de apuntalar sus tesis –en mi caso, acusaciones– con evidencia primaria relevante de época. El profesor Suárez no rebatirá, supongo, tal afirmación. Que en la práctica se haya atenido a ella es algo diferente. A mí me gusta jugar con los autores franquistas, neofranquistas y parafranquistas. Entre los resultados de mi investigación he dejado pistas suficientes para ver si alguno llega a la misma conclusión que el arriba firmante sobre quién habría sido el asesino del general Balmes. Si, como es de esperar, dejó familia, esta no tiene por qué soportar la sombra de la sospecha de que el padre o el abuelo hubiese cometido un crimen abyecto. Habría sido muy de desear que algún tipo de comportamiento deontológicamente correcto lo aplicara el autor de la entrada en el diccionario a la hora de “caracterizar” el régimen de Franco en vez de limitarse a sumar mecánicamente “hechos” sin, como dice, “valorarlos”.
Pero como hay historiadores que valoramos, algo consustancial a la profesión, séame permitido expresar mi más profunda indignación ante dos “hechos” que el profesor Suárez ha aducido en defensa de su “biografía”: que en la de Franco no cabe hablar de represión (“porque la guerra fue muy dura en los dos bandos”) y que la “autarquía” (algo horripilante y de corte fascista) duró “muy poco tiempo: la guerra y un año después”.
Sin embargo, la represión violentísima que él esconde se produjo de manera inmediata y de forma particularmente abyecta en el punto mismo en donde se sublevó su biografiado. Los asesores jurídicos de Franco utilizaron argumentos que resultan particularmente odiosos. En Canarias no hubo, sin embargo, un frente de guerra.
Dado su respeto por los “hechos”, sorprende que también oculte que la política autárquica se extendiera hasta 1957 si no 1959. En la Fundación Nacional Francisco Franco quizá no haya encontrado documentación respecto a los planteamientos autárquicos que dominaban entonces en la Presidencia del Gobierno. Se expusieron ya a los cuatro años de la muerte de Franco. Hay que leer.
Ángel Viñas es catedrático de la UCM. Autor de ‘La conspiración del general Franco’
http://blogs.publico.es/dominiopublico/3477/otro-franco/
03/06/2011
Entrevista al historiador Ángel Viñas, autor de La conspiración del general Franco .
Reseña sobre el libro de Ángel Viñas, La conspiración del general Franco, en lne.es el 15 de junio de 2011.
Balmes, el muerto de la operación «Dragon Rapide»
2 JAVIER DURÁN La apisonadora de la Guerra Civil hizo de la muerte (16 de julio de 1936) del general Balmes un asunto marginal, pese a lo escandalosa (por su trascendencia) que resultaba en el contexto de las intrigas del golpe de Estado de Franco: el africanista Amado Balmes Alonso, comandante militar de la plaza de Las Palmas, fallecía de un tiro en el estómago. Del rocambolesco caso, siempre quedó para la historiografía, tanto de un bando como de otro, que su muerte permitió al comandante militar de Canarias, futuro dictador, trasladarse desde Tenerife a Gran Canaria con el objetivo aparente de presidir las exequias de su compañero. El «Dragon Rapide» lo esperaba en Gando para trasladarlo a Marruecos y ponerse al mando de las tropas alzadas. ¿Fue accidental la muerte de Balmes o fue un crimen para dejar expedito el paso a la sublevación?
Sobre esta pregunta gira una gran parte del libro que el historiador Ángel Viñas acaba de publicar en Crítica. «La conspiración del General Franco» bucea a través de hemerotecas y testimonios escritos, como el de Pinto de la Rosa, militar alzado y testigo de la agonía de Balmes, para encontrar la cojera argumental. El investigador persigue el itinerario del comandante militar en la aciaga mañana, y se asombra de su enigmático deseo de ir a comprobar en solitario, con la única compañía de su chófer, el funcionamiento de varias armas. Allí, en el campo de tiro, se encasquilla una de las pistolas. Al intentar corregir la anomalía la apoya en el estómago, y se le dispara. La acción resulta devastadora para los órganos del general Balmes. Su maniobra, absolutamente estúpida y sospechosa para un militar con su experiencia.
¿Qué había detrás de una muerte que los hagiógrafos de Franco vieron providencial para sus planes subversivos? Viñas recoge en su libro el testimonio de un descendiente del mando, que, según relata, acompañó a Balmes a una entrevista con Franco. Fue en el Muelle de La Luz y tuvo carácter secreto. El comandante militar de Las Palmas se hizo acompañar por un hombre de confianza, y en la misma, colige Viñas, es probable que se hablara de su apoyo al golpe de Estado. El descendiente del testigo afirma en el libro que Balmes salió visiblemente disgustado de su encuentro con el futuro Generalísimo. ¿Mostró su resistencia a la subversión? Un secreto para la Historia.
Ángel Viñas, en su excavación, tropieza contra la irregularidad judicial. El ordenamiento republicano establece que compete a la jurisdicción civil la instrucción sobre la extraña muerte. La exigencia o garantía legal es burlada con un apaño: los jurídicos militares acuerdan que sea compartida. Una auténtica escaramuza a la vista de que dos días después iba a estallar el alzamiento. Existió un expediente, pero desapareció. La autopsia no llegó al papel, o está ilocalizable, por decirlo de alguna manera. La única prueba documental (y jugosa) del estrambótico caso es la petición en 1937 de la viuda de Balmes para que se reconozca que su marido falleció en acto de servicio, cuestión importante a efecto de los estipendios de viudedad. La divulgada generosidad de Franco con los suyos es puesta a prueba: la formalidad concluye que el general murió por una imprudencia. ¿La venganza contra una viuda afanada en resucitar un pasado que ponía a Franco enfermo?
El desprecio a Julia Balmes-Alonso Villaverde, la viuda del general, no sólo erigía como tesis única la imprudencia del alto mando, sino que también exhibía la ansiedad franquista por enterrar un episodio muy espinoso para Franco. El caso Balmes no se podía equiparar a otras ejecuciones de militares republicanos, sino que había sido un accidente en los prolegómenos, que estaba de lleno en la conspiración. Y para más inri, se trataba de un asunto donde la víctima era un africanista, un compañero de la generación militar del Generalísimo, de Sanjurjo, de Mola, de Goded... curtida en la guerra de Marruecos. Una cuestión, por tanto, muy compleja de digerir. Balmes, por otra parte, era querido en Gran Canaria, y Franco lo sabía: acompañó a la viuda (madre de una niña de 7 años) y a su hermano (catedrático y secretario general de la Universidad de La Laguna) en la ceremonia. Pero en Gando lo esperaba el «Dragon Rapide» y había prisa por pasar a la acción.
«La conspiración del general Franco» es, sobre todo, una obra detectivesca, aunque prolija en datos procedentes de los archivos y de segundas lecturas de los «babeos», así los llama Viñas, de Pinto de la Rosa, Bolín o Ricardo de la Cierva. La apuesta por la fórmula policiaca choca, al final, con un obstáculo, que es si dar o no el nombre del supuesto asesino del general Balmes. El autor ofrece todas las pistas, introduce su historial personal, las misiones secretas que le encarga Franco por su entrega el día en que Balmes llega agónico a una camilla más o menos desvencijada de una casa de socorro... Pero no da el nombre. ¿Por qué? Es la singularidad de las conspiraciones, su esencia. Nadie va a encontrar el papel donde el futuro dictador ordena el asesinato del alto mando, pues entonces no sería ni una conspiración ni tampoco un crimen perfecto.
Junto al desenlace Balmes y su centralidad en la trama golpista destaca, cómo no, todo el trasunto del avión y sus pasajeros. El presunto espía comandante Pollard, eje en la operación del alquiler del avión, queda perfectamente documentado por Viñas. El autor se adentra en los claroscuros de la animadversión de Inglaterra contra la República, a través de papeles británicos de desclasificación reciente. Así y todo, igual que en las matrioska o muñecas rusas, una vez cerrado un misterio se abre otro: ¿por qué el cuaderno de bitácora golpista eligió Gando y no Los Rodeos? El avión, dice Viñas, podía aterrizar allí. ¿Hubo una relación de causalidad entre la muerte de Balmes y el «Dragon Rapide»?
“Franco cruzó el Rubicón el 16 de julio con el asesinato del general Balmes”
El historiador Ángel Viñas participa en el curso ‘Setenta y cinco años después. Una revisión de los mitos del 18 de julio’ en El Escorial
La ideología es parte del trabajo del historiador, pero la objetividad tiene que basarse en el manejo de las fuentes, de otra manera no se puede hablar del "trabajo del historiador". Con estas palabras de Ángel Viñas comenzó ayer el ciclo de conferencias Setenta y cinco años después. Una revisión de los mitos del 18 de julio en los cursos de verano de la Universidad Complutense de Madrid, en el que la polémica sobre el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia abrió el debate sobre la buena labor del historiador. En el mismo sentido se expresó Mercedes Molina, exdecana de la facultad de Geografía e Historia de la UCM, quien subrayó la necesidad de un buen trabajo metodológico con las fuentes "en una ciencia humana como la Historia". Molina también destacó que un historiador no es un hombre libre al hablar del pasado, "pues debe ceñirse a lo que los documentos le indican".
Seguir leyendo en: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=4313
Títular: "Creo que Franco ordenó un asesinato para empezar la guerra"
22/05/2011
Títular: Cómo fraguó el caudillo su golpe de Estado
22/05/2011
Jueves 21 de julio. Foro Público: análisis histórico del golpe
Los historiadores Nicolás Sánchez-Albornoz, Ángel Viñas y Mirta Núñez debatirán sobre ‘El golpe militar contra la República, 75 años después'. Será el 21 de julio, a partir de las 20.00 horas, en una nueva edición del Foro Público, que se celebrará en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. La entrada a este evento será libre hasta completar el aforo. Tras la exposición de los tres especialistas, el público podrá participar en un coloquio que estará moderado por la periodista Olga Rodríguez.
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