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Los geniecillos dominicales

Los geniecillos dominicales

Sinopsis de Los geniecillos dominicales:

4

 

Después de que las tropas regresaran a Muji, la gratitud de Manna se transformó gradualmente en una profunda curiosidad. A menudo pasaba por su consultorio para charlar un rato con él. Por la noche, tras el toque de retreta, permanecía despierta pensando en aquel hombre extraño, y en su mente se sucedían los interrogantes. ¿Ama a su esposa? ¿Qué aspecto tiene ella? ¿Es cierto que es ocho años mayor que él? ¿Por qué es un hombre tan sosegado y amable? ¿No se ha enfadado nunca con nadie? No parece tener genio.

Entonces se decía que era una estúpida. ¿Por qué pensaba tanto en él? Era un buen hombre, desde luego, pero ya estaba casado. No debía ser una necia. Lin Kong no sería para ella. Pero... ¿y si no amara a su esposa y quisiera abandonarla? En tal caso, ¿se iría con él? Pensaba que debía dejar las fantasías y dormir, y acto seguido se preguntaba si se casaría con él.

Por mucho que lo intentara, no podía alejar a Lin Kong de su pensamiento. Una noche tras otra, preguntas similares la mantenían despierta hasta la madrugada. A veces sentía como si las manos de Lin aún sostuvieran y tocaran su talón derecho, tan sensibles y suaves eran aquellos dedos. Se restregaba los pies bajo la colcha, e incluso los masajeaba de vez en cuando. El corazón le rebosaba de emociones.

Haiyan le informó de que la esposa de Lin había dado a luz una niña. La noticia le causó pesadumbre, pues indicaba que Lin estaba unido a su familia más de lo que ella había pensado. Seguía diciéndose que, probablemente, lo mejor que podía hacer era distanciarse de él, pues de lo contrario iba a verse en un aprieto. Al margen de cuál fuese el resultado, la gente le echaría la culpa a ella. Una mujer que interfiere en la vida de una pareja es casi una delincuente.

A pesar de sus razonamientos, no podía dejar de mirar a Lin cada vez que se encontraban. Empezó a tener la sensación de que estaba viviendo en un estado hipnótico.

Una noche de junio, Manna fue al lugar donde criaban a los conejillos de Indias para ver una nueva camada. Luego regresó sola a su residencia. Por el camino vio un hombre y una mujer que paseaban a lo largo del bosquecillo de álamos temblones, al oeste del comedor. Desde lejos no distinguía quiénes eran, aunque visto por detrás el hombre se parecía a Lin. El aire del crepúsculo era fragante, tras toda una jornada de llovizna, y los árboles parecían una valla oscura contra la que las dos figuras con camisas blancas avanzaban hacia el oeste.

Manna estaba deseosa de averiguar la identidad de la pareja. Había un sendero que se extendía en diagonal entre las hileras de álamos jóvenes. Sin pensarlo dos veces, la joven se internó en el bosque, para poder ver claramente a la pareja en el otro extremo. Mientras caminaba por el sendero, el corazón empezó a latirle con fuerza. A su alrededor, de las anchas hojas se desprendían gotas, como si lloviznara. El cielo de color azul estaba tachonado de estrellas.

Una sombra apareció delante de ella y se detuvo en medio del sendero. Era un perro. Manna se quedó inmóvil, preguntándose si era el animal que criaban los cocineros o un perro sin hogar que se dirigía a la cocina para robar comida. Ante el par de ojos verdosos que la miraban, un escalofrío le recorrió la espina dorsal, pues recordaba que unas semanas atrás un perro rabioso había atacado a un muchacho en el bosque. Sabía que si se daba la vuelta el perro se le echaría encima, por lo que permaneció quieta. Vio una rama con hojas al alcance de la mano, se agachó para recogerla y la agitó con gesto amenazador. El perro siguió mirándola durante un rato y entonces se alejó furtivamente, tocando el suelo una y otra vez con el hocico.

Cuando Manna llegó al extremo del bosquecillo, oyó una voz femenina.

—¿Así que ha perdido el libro? —decía—. No puedo creerlo.

Reconoció la voz. Era Pingping Ma, la joven encargada de la biblioteca del hospital.

—La próxima vez será mejor que me quede con él como fianza —dijo Lin en tono de broma.

Ambos se echaron a reír. Manna los observaba desde detrás de unos álamos de tronco delgado. Lin parecía muy feliz. Se detuvieron bajo una farola, diciendo algo que Manna no entendió. Más allá había un pequeño estanque de agua de lluvia que tenía un brillo tenue a la luz de la luna y desde donde los sapos croaban. Pingping se agachó, tomó una piedra y la arrojó por debajo del brazo al estanque. La piedra plana rebotó en la superficie del agua y lanzó unos minúsculos destellos.

—¡He hecho tres! —exclamó en voz cantarina. La piedra había silenciado por unos instantes a los sapos, y entonces uno de ellos, titubeante, se puso a croar de nuevo.

—Yo tenía buena mano en el juego de cabrillas —recordó Lin, y también lanzó una piedra.

—¡Vaya, cinco! —dijo la mujer.

Buscaron piedras planas, pero no encontraron ninguna apropiada. En los intentos posteriores ninguno de los dos consiguió más de tres rebotes, debido al grosor de las piedras. Pero era evidente que se estaban divirtiendo.

Manna no se atrevió a quedarse mucho rato, porque la gente usaba bastante aquel sendero y temía tropezarse con alguien. Además, el perro podía volver. Regresó a toda prisa, con la rama al hombro y la sensación de que algo le tiraba de las entrañas. Tragaba saliva una y otra vez, pues tenía la boca muy seca. Cuando llegó a la residencia, las zapatillas y los extremos de sus pantalones estaban empapados.

Aquella noche permaneció despierta durante horas, pensando en la escena que acababa de presenciar. ¿Cuál era la verdadera relación entre Lin Kong y Pingping Ma? ¿Eran amantes? Debían de serlo, pues de lo contrario no se habrían dedicado a lanzar piedras al agua con tal regocijo, como niños pequeños. Por otro lado, eso no era posible, porque Pingping Ma era como mínimo diez años más joven que Lin. Además, ella era un simple soldado y no se le permitía tener novio. Pero aquella chica no haría caso de la norma, ¿o sí? No, no haría caso; de lo contrario no habría salido con un hombre casado. ¿De veras Lin se sentía atraído por ella? Probablemente no. Tenía las facciones irregulares, era fea como una calabaza y había una brecha entre sus dientes delanteros. Sin embargo, Lin parecía pasárselo muy bien con ella. Nunca se había mostrado tan natural con otras personas. Manna volvió a verle junto al borde del estanque, los brazos en jarras, mientras observaba a la joven que lanzaba piedras.

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Libro - 13.00 € Rústica con solapas

Sobre el autor de Los geniecillos dominicales

Sobre el autor de Los geniecillos dominicales

Julio Ramón Ribeyro estudió Letras y Derecho en la Universidad Católica de Lima. En 1960 emigró a París, donde trabajó como periodista en France Presse y, posteriormente, como consejero cultural y embajador ante la UNESCO. Sus obras han sido traducidas a numerosos idiomas y ha sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1983, el Nacional de Cultura en 1993, ambos en Perú, y el Juan Rulfo en 1994. Dueño de una obra que toca una inm...

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Ficha técnica

Fecha de publicación: 01/05/1983 | 246 páginas | Idioma: Español | ISBN: 978-84-7223-209-9 | Código: 10011872 | Formato: 14 x 21 cm. | Presentación: Rústica con solapas | Colección: Andanzas

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