Entrevistamos a Fernando Cordobés y Yoko Ogihara, traductores de Haruki Murakami, con motivo del Día Internacional de la Traducción

"Sin traducción, la cultura y el saber global de la humanidad se empobrecerían hasta extremos insoportables"


La muerte del comendadorFernando Cordobés y Yoko Ogihara, traductores de Haruki Murakami El trabajo de los traductores parece invisible. Aun así, tienen un papel clave en la difusión de la literatura universal. ¿Cuál es la visibilidad ahora mismo de los traductores? ¿Y cuál deberían tener?

¿Y qué sería de la cultura occidental, oriental y, en suma, de todas las civilizaciones que conocemos sin el hecho de la traducción? La traducción literaria es, sencillamente, apasionante. Es un trabajo minucioso, solitario, exigente, duro. También es uno de los oficios más antiguos del mundo: ¿desde cuándo se traducen textos literarios? En España, por ejemplo, existió (y existe) la Escuela de Traductores de Toledo.

Sin traducción, la cultura y el saber global de la humanidad se empobrecerían hasta extremos insoportables, porque en última instancia es contacto, relación, conocimiento del Otro, aprendizaje de realidades distintas a las nuestras. Lo decía Octavio Paz y, en nuestra humilde opinión, es muy cierto: el lenguaje es ante todo traducción. Uno se enfrenta a la realidad del mundo y la traduce para sí mismo en sus propios términos.

Por otro lado, creemos que la traducción merece más atención de la que se le presta. En cualquier caso, en la actualidad y gracias a campañas muy notables, como la de ACE Traductores, somos un poco más visibles quienes trabajamos en esto. Por último, añadiríamos que lo verdaderamente importante es la obra de los autores, pero es crucial valorar el trabajo de los traductores.

Aunque precisamente no se vean, son los que más se exponen al juicio del lector o lectora. ¿Cómo se acogen las críticas?

Las críticas son necesarias e imprescindibles. Un texto se enriquece con aportaciones, no con exclusiones. Incluso cuando las críticas son severas, deberían tenerse en cuenta siempre y cuando estén argumentadas, justificadas y resulten pertinentes. Cualquiera que se dedique a algo expuesto a un determinado público, debe asumir la posibilidad de la crítica y aceptarla con naturalidad como una herramienta para reflexionar sobre su trabajo y mejorarlo.

Habéis traducido, en tándem, a Haruki Murakami, entre otros. El japonés es una lengua completamente distinta al castellano. ¿Cómo se trabajan las estructuras sintácticas o las expresiones al traducir?

El español y el japonés no son lenguas compatibles. Así de sencillo y así de difícil. La belleza de la lengua japonesa reside en conceptos, tradiciones y modos que nada tienen que ver con el español. Dos ejemplos: la repetición se admite en japonés por las características específicas de su sintaxis y no presupone un escaso dominio de la lengua; ni siquiera la afea.

La ambigüedad en el habla o en la escritura, por otra parte, puede ser y es, de hecho, una forma de belleza. Nada de esto se puede ‘trasplantar’ al español. No queda más remedio que adaptarlo a un contexto cultural (y a una cosmovisión) distinto. Eso no significa que se traicione el texto o que se invente algo nuevo.

En el caso de la literatura contemporánea, traducir es más sencillo porque partimos todos de presupuestos comunes y eso ayuda decisivamente a que la obra en sí se entienda sin mayores dificultades. Pero en ocasiones no queda más remedio que adaptar, respetando siempre el espíritu de la obra, porque, a fin de cuentas, el lector va a leer en español, no en japonés.

A nuestro juicio, lo importante es la globalidad del texto, el alma que ha querido darle su autor. Captado eso, las dificultades e incompatibilidades entre las dos lenguas terminan por encontrar siempre una salida.

"La belleza de la lengua japonesa reside en conceptos, tradiciones y modos que nada tienen que ver con el español."


A la hora de traducir habéis trabajado varias veces en equipo. Esto, indudablemente, debe de tener sus ventajas y sus puntos flacos. Sobre todo teniendo en cuenta que los dos poseéis un trasfondo cultural distinto. ¿Cómo funciona el proceso a cuatro manos?

Lo primero es leer y disfrutar el libro. Después empieza el trabajo duro. Una segunda lectura por capítulos para ir acotando y para interiorizarlo. Entonces empezamos la traducción, paso a paso, y en cuanto llegamos al final, revisamos la primera versión en español.

Cotejamos con el original, haciendo hincapié en los pasajes más complicados, y una vez aclarado todo llega la primera corrección, cuya consecuencia es la segunda versión en español. Volvemos a leerla y señalamos las partes mejorables, por así decirlo. Después una nueva revisión, la leemos en voz alta para escucharla. Y volvemos a corregir. Así hasta que el texto llega a los lectores, se independiza y cobra vida propia con cada uno de ellos.

Murakami es un autor que ha cosechado un gran éxito a nivel mundial. Traerlo hacia el castellano debe de haber sido un reto. ¿Hay presión para traducir a grandes autores?

Por supuesto que sí, porque hay muchas expectativas e impaciencia por leer sus obras. Supone un gran desafío traducir a un autor como Murakami, es muy estimulante y, lo mejor de todo, muy divertido y agradecido. Lo que sí cambia con respecto a otros, por así decirlo, es el pánico escénico ante sus numerosos lectores. Por otra parte, la responsabilidad y el rigor en el trabajo son los mismos con todos los autores.

¿Tiene algunas peculiaridades Murakami, a la hora de traducirlo? ¿Habéis tenido oportunidad de conocerlo en persona alguna vez y hablar de la traducción?

En general, Murakami escribe en un estilo limpio, claro y directo. Cada una de sus obras es distinta, pero La muerte del comendador no nos ha planteado especiales dificultades, a excepción de algunos términos relacionados con antiguas creencias o prácticas budistas que son difíciles de entender (y de leer) incluso para los japoneses.
No conocemos personalmente al autor, aunque, como es obvio, nos encantaría tener esa oportunidad. Cuando nos han surgido dudas de traducción, sí hemos contactado con él a través de la editorial, y siempre nos ha respondido de inmediato y con mucha precisión.

"Supone un gran desafío traducir a un autor como Murakami, es muy estimulante y, lo mejor de todo, muy divertido y agradecido." 


Las expectativas por leer su último trabajo, este primer volumen de ‘La muerte del comendador’, son muy altas. ¿Cómo se siente al ser de las primeras personas en haberlo leído? ¿Os han preguntado mucho por su trama y contenido?

El libro ha tenido mucho éxito en Japón y ya lo ha leído muchísima gente. En ese sentido, no tenemos la impresión de ser de los primeros en leerlo. No obstante, si pensamos en los lectores en español sí tenemos un poco esa sensación de primerizos. Es una situación curiosa, como si nos confiasen un secreto o nos permitiesen abrir una caja fuerte para curiosear en su interior. Muchas veces nos hemos preguntado qué impresión causará tal o cual pasaje. Al final, son todo suposiciones porque es imposible entrar en la mente de los demás.

Nosotros hemos vivido dentro de la novela durante mucho tiempo, como espectadores que se cuelan en la tramoya, como si Murakami en persona nos hubiese invitado a otear en su mente una temporada. Ése es el privilegio de los traductores: deshacer y rehacer el texto. Destejer y volver a tejer.

Sea como sea, no hemos hablado absolutamente de nada relacionado con el libro con nadie. Ni una sola palabra. Ha sido una experiencia entre los dos totalmente egoísta y privativa en el sentido más gozoso que uno se pueda imaginar. Lo que hay en La muerte del comendador corresponde descubrirlo a cada lector, no a nosotros. En eso somos inflexibles.

Un consejo para nuevos traductores y traductoras.

¡Qué responsabilidad! Como advierte Rafael Carpintero, traductor del turco, en el encabezamiento de su estupendo blog: no me pidan traducciones juradas ni técnicas (incluidas legales), háganme el favor, que no las hago y me ponen en un compromiso la mar de violento.

Ya más en serio, nuestro consejo sería: si se centran en la traducción literaria, deben tener en cuenta que, por su complejidad, exige dedicación exclusiva, y es un trabajo de hormiguita: poco a poco, todos los días, sin dejar nunca nada por recoger aquí y allá.

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