¿Serías capaz de arrancarte un ojo a cambio de alcanzar la sabiduría? ¿Te atreverías a meter la mano en las fauces de un enorme lobo, sabiendo que sus dientes te triturarían? ¿Lucharías hasta la muerte para ser un elegido del Padre de Todos, y seguir batallando hasta el fin de los tiempos?

Yo no, desde luego, me siento a gusto en el cómodo y placentero siglo XXI. Pero para los nórdicos de hace un milenio la vida era muy distinta. Tuvieron que adaptarse a una tierra llena de peligros: soportar inviernos interminables bajo la nieve y el hielo, entre altas montañas y mares furiosos, bajo el dominio de una noche casi eterna. La dureza de sus días forjó unos cuerpos robustos y una voluntad de hierro. Y también dio aliento a dioses excepcionales.

Así nació el poderoso Thor, cuyo martillo Mjolnir invoca las tormentas; el artero Loki, que provoca la ira de sus iguales con sus mentiras y enredos para luego compensarles con grandes regalos; el sabio Odín, Padre de Todos, cuya lanza jamás yerra el tiro; Heimdall, guardián del puente arcoíris; Tyr, fiero dios de la guerra, pero también leal y compasivo; las valkirias, que conducen a los más bravos guerreros hasta el Valhalla…

También había otros seres dignos de temer: la tenebrosa diosa Hela, medio doncella, medio cadáver; el lobo Fenris, capaz de devorar el sol, la luna y al propio Odín…

Muchas veces me preguntan por qué me gusta tanto la mitología nórdica. Sin duda me atrae el carácter indómito de los vikingos, su temeridad y su indiferencia ante la muerte. Pero lo que realmente me fascina, lo hace tan especial a los mitos nórdicos, es su terrible destino: el Ragnarök. Ninguna otra creencia ha dispuesto un final tan trágico para sus deidades, un sino fatal e ineludible que les llevará a ser derrotados por sus enemigos en una batalla de alcance universal que convertirá todo lo conocido en una pira ardiente. ¿Seguirías a un dios que sabes que morirá? ¿Uno que no podrá salvarte del fin del mundo?
Aquellos relatos contados al calor del fuego durante noches perpetuas llegan ahora a nuestros días recopilados en una obra excepcional: el cómic Mitos Nórdicos.

Todo empieza y acaba en las viñetas


La vida es un eterno retorno. Ya lo creían los nórdicos y Neil Gaiman también lo demuestra.
Con la llegada de The Mighty Thor a Marvel en los años 60, el cómic se convirtió en la puerta —¿puente arcoíris?— que cruzaron grandes y pequeños para descubrir la existencia de Asgard. En su Inglaterra natal, Neil Gaiman fue uno de tantos niños que cayó en la magia de los lápices de Jack Kirby y Walter Simonson. Desde entonces, la mitología ha estado presente en las historias del escritor británico de una forma más o menos evidente, desde Sandman hasta American Gods. Hasta que dio el paso definitivo unos años atrás.

Con Loki y Thor en las películas de Marvel, la serie Vikings y varios videojuegos explorando la vieja Escandinavia, una gran curiosidad por lo nórdico surgió en el gran público. Pero la versión de los mitos que llegaba al mass market estaba en algunos casos muy alejada de su concepción primigenia. Gaiman se propuso reunir en un libro las historias originales de las Eddas para hacerlas llegar a las nuevas generaciones con una narrativa fresca y atractiva.

No es fácil trasladar el lenguaje y la complejidad de textos medievales a un relato actual, lo sé por experiencia. Hay pasajes comprometidos… ¿cómo explicar que Loki seduce a un caballo y se queda “embarazado”? Gaiman resolvió esta y otras dificultades con la naturalidad que le caracteriza en Mitos nórdicos, libro que finalmente vio la luz en 2017.

Ese mismo año American Gods, una de sus novelas más celebradas y premiadas, se estrenaba como serie de televisión y también como cómic. Dark Horse había dejado en manos de P. Craig Russell el salto a las viñetas. Para Russell, galardonado con varios premios Eisner, no suponía la primera colaboración con Gaiman; ya había escrito e ilustrado otras adaptaciones suyas como Coraline, Sandman: The Dream Hunters y Murder Mysteries.

Así las cosas, que Mitos Nórdicos llegara a Dark Horse fue un paso natural. Y maravillosamente apropiado, pues Gaiman devolvía al cómic lo que el cómic le había dado cuando era niño: su pasión por la mitología escandinava. El círculo quedaba cerrado.

Que eligieran de nuevo a P. Craig Russell no podía ser más perfecto: es suya la hazaña de adaptar al cómic el ciclo de óperas de Wagner El anillo del nibelungo en cuatro tomos que ocupan un lugar de honor en mis estanterías. Junto a esta obra maestra atesoro otro legendario cómic que Russell firmó junto a Roy Thomas: Elric de Melniboné.

P. Craig Russell no es el único talento con el que cuenta Mitos nórdicos. Le acompaña una hueste épica con Mike Mignola, Jerry Ordway y el español David Rubín a la cabeza. Para el dibujante gallego, la mitología es un terreno bien conocido tras dar vida con sus lápices al mismísimo Heracles y a Beowulf, el gran héroe nórdico por excelencia.

Con semejante plantel, el primer tomo de Mitos Nórdicos llega a España como una lectura indispensable tanto para los fans de la mitología como para quien quiera disfrutar de un trabajo verdaderamente heroico. Cada página nos devuelve la grandeza de esa lucha entre dioses y gigantes, revive ese universo grandioso en forma de árbol, cuyo destino se urdía entre sus raíces, en manos de tres viejas mujeres que decidían la vida y la muerte de todos los seres, mortales o divinos. ¿Quién puede resistirse algo así?

Aranzazu Serrano Lorenzo
Periodista, autora de la saga Neimhaim y escritora de la colección Mitos Nórdicos. 
@as_loren


 

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