Discurso de Ángela Banzas, finalista del Premio Planeta 2025

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El pasado 15 de octubre tuvo lugar en el Museu Nacional d’Art de Catalunya la gala de entrega del Premio Planeta 2025. Ángela Banzas se alzó como la finalista del premio con su novela Cuando el viento hable, una historia ubicada en su Galicia natal y con una conexión muy íntima con la historia personal de la autora. Éste fue su discurso de agradecimiento durante la entrega del premio.  

Un país en silencio. Un misterio que aún respira. Un drama familiar de posguerra.

Sofía nace en el otoño de 1939, tras una tragedia familiar, y crece rodeada de secretos en la Galicia rural de la posguerra. Sus abuelos paternos la crían bajo una estricta vigilancia, mientras su padre, un bibliotecario que vive oculto en las sombras, le alimenta la imaginación con historias fantásticas.

Ella no entiende de qué la esconde su familia ni quién es esa niña que se le aparece como una alucinación. Tras ser ingresada en el Hospital Real de Santiago, encuentra refugio en Julia, su primera gran amiga. Allí, los pasillos clandestinos y los rastros de un pasado enterrado emergen para desvelar nuevos misterios. ¿Qué pretende ese joven de ojos verdes que ha irrumpido en su vida y parece tener tantas respuestas?

Esta novela explora el poder de la imaginación frente al horror, y el amor como última esperanza. Porque, incluso en los momentos más sombríos, una gran historia puede salvarnos la vida.

«Qué emoción. Buenas noches, bona nit, antes de nada ruego me disculpen si los nervios me traicionan esta noche y me roban alguna palabra, mi bien más preciado, o incluso la voz, espero que no pase. Muchísimas gracias de todo corazón por haber acogido con tanto cariño esta historia porque se trata de mi historia más especial, es una novela muy íntima y todo tiene su razón de ser en que la historia parte de un recuerdo de infancia, uno de esos recuerdos que se prenden a la mirada y que al menos en mi caso puedo decir que hasta día de hoy ha marcado mi forma de ver, de sentir y de valorar la vida desde lo más pequeñito. 

Cuando yo era pequeña, a los siete años, ingresé en el hospital y en la cama de al lado había otra niña, una niña como yo. Tenía más o menos mi edad y un nombre además muy parecido al mío, se llamaba Ángeles. Sobre aquella niña pesaba un diagnóstico fatal, no iba a sobrevivir. Aquello, con la edad que yo tenía, me impactó enormemente. Primero porque no entendía que un niño pudiese morir. Para ser sincera tampoco lo entiendo a día de hoy. Y después me parecía muy injusto que la suerte parecía jugar a los dados y una ganaba y la otra perdía. En aquel momento yo ya había descubierto la magia de las letras me encantaba leer y los cuentos— así que lo que hacía era ayudar a mi manera yendo a la biblioteca que había dentro del propio hospital y ahí sacaba cuentos para leérselos. Era solo una niña y vivía encerrada dentro de su propio cuerpo, era una prisionera.

Pero como todo lector sabe, como yo sabía ya en aquel entonces, aunque dejase de ver con sus ojos ella seguía viendo con otros ojos y ahí dentro ella podía seguir siendo desde una princesa a una guerrera que liberaba a todo un pueblo de un villano. Y, en esos momentos tan difíciles para ella, todavía sonreía y eso debo reconocer que me caló muy hondo. 

Permitan que justamente aproveche esta oportunidad de estar aquí para subrayar la importancia que tienen las bibliotecas dentro de los hospitales, porque no solamente entretienen, sostienen. Y de hecho ofrecen otra forma de vida cuando la principal se apaga.

Hasta aquí, como decía, el corazón de la novela. Porque ésta es una historia que va a contar Sofía y Sofía nace en mi tierra natal, en Santiago de Compostela. Pero ella lo hará en 1939, en esa larga noche de difuntos y ausentes que fue la postguerra civil española. Ésta es una novela que tiene mucha intriga, pasajes inquietantes de esos que difuminan las fronteras entre lo que es real y lo que no lo es, pero también es una novela que recoge la crudeza de una época, la de toda esa generación que tuvo mucho que bregar. Y, cómo no, pues esa ternura que es inherente a la infancia.

Sofía pasará también un tiempo en el hospital, en este caso el Hospital Real de Santiago, y ella esto es algo que me apetecía muchísimo trabajar dentro de la novela y trasladarlo lo que hace es aprender a ver al semejante. Porque pone el foco en la semejanza y eso nos pasa a todos en los hospitales, donde solamente se habla una lengua del miedo, una lengua del dolor, de la desesperación, de la necesidad de consuelo. Ve esos reflejos y al final eso tiende puentes, puentes que sin embargo desgraciadamente en la calle en aquel contexto histórico bueno, ojalá solo en aquel contexto histórico se vienen abajo porque ya no se ve al semejante, se ve al diferente, y el diferente se puede convertir en un enemigo y el enemigo en un ser inferior al cual puede llegar a privársele de la libertad o incluso arrebatarle la vida impunemente.

Dicho esto, que soy muy consciente de que suena todo muy duro, debo decir que dentro de estas páginas también hay una bonita historia de amor. Es la primera historia de amor bonita que escribo y a mí me ha dejado una sensación muy cálida en el pecho. Sinceramente estoy deseando compartirla con todos ustedes porque, para ser completamente sincera, yo concebí esta historia como una vela blanca en el horizonte. Yo quería un mensaje de esperanza y ¿qué es la esperanza sin el amor? ¿O el amor sin la esperanza?

Ya para ir concluyendo compartiré una pequeña reflexión, porque es muy curioso: ha sido un recuerdo doloroso el que me ha traído aquí para que yo pueda engendrar lo que mañana sin ninguna duda será un recuerdo muy luminoso. Así que ¿cómo no tener esperanza, no?  Reitero el agradecimiento al jurado y me despido con un mensajito para mis maestros de vida, que son mis hijos Pablo y Aitor, para que no olviden que los tengo siempre todo el tiempo en el corazón. Y también mando un beso muy grande para todos aquellos ángeles a los que les crecen demasiado pronto las alas».

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