
Aunque cuando publicó su última novela, Transbordo en Moscú (Seix Barral, 2021), anunció que había llegado el momento de empezar a retirarse de la escritura, confiesa que se arrepintió al día siguiente. “Pensé: ¿y ahora qué hago yo? ¡Si no sé en qué ocupar las horas...!”. Y, sin dar más juego a la vacilación, el escritor Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) se puso manos a la obra con Tres enigmas para la Organización (Seix Barral, 2024), una disparatada ficción protagonizada por nueve agentes secretos entrañablemente peculiares.
Barcelona, primavera de 2022. Los miembros de una organización gubernamental secreta se enfrentan a la peligrosísima investigación de tres casos que tal vez estén relacionados entre sí, o tal vez no: la aparición de un cuerpo sin vida en un hotel de Las Ramblas, la desaparición de un millonario británico en su yate y las singulares finanzas de Conservas Fernández.
Creada en pleno franquismo y perdida en el limbo de la burocracia institucional del sistema democrático, la Organización sobrevive con apuros económicos y en los límites de la ley, con una reducida plantilla de personajes heterogéneos, extravagantes y mal avenidos. Entre el suspense y la carcajada, el lector deberá unirse a este disparatado grupo si quiere resolver los tres enigmas de este apasionante rompecabezas.
Eduardo Mendoza entrega su mejor y más divertida aventura hasta la fecha. Y lo hace con nueve agentes secretos en una novela de detectives que actualiza los clásicos del género, y en la que el lector encontrará la inconfundible voz narrativa, el brillante sentido del humor, la sátira social y la comedia de enredo que caracterizan a uno de los mejores autores de la lengua española.
Muchas gracias. Así es. Esa Organización, que fue creada en el franquismo, se encarga de averiguar la relación de causa y de causante que pueden tener algunos sucesos que se han producido en la ciudad. En este caso, hay un individuo que ha aparecido muerto en un hotel de las Ramblas. Además, un millonario británico ha desaparecido en su yate. Y también hay una empresa conservera con unas finanzas, digamos, singulares...
Pienso que el nombre de los personajes debe tener alguna relación con ellos, pero no demasiada. No ha de ser un mote, sino sugerir algo del personaje, aunque sin que pueda deducirse que se llama así por una razón. En general, las ideas vienen de la calle.
Sí, a veces, cuando voy mirando por la ventana en el autobús o cuando se me cruza el camión de reparto de una salchichería... veo un nombre que me sugiere algo. Luego puede que funcione o que no. En cualquier caso, los nombres de los personajes han de servir para recordar quiénes son. Si un personaje se llama Juan y el otro Antonio, cuando has pasado tres páginas, o si estás varios días sin leer, ya no te acuerdas de ellos. Lo que no trabajo en la descripción del personaje lo trabajo en su nombre, que es lo más importante. Hasta que no doy con el que me parece que lo representa no puedo ponerlo a funcionar. Su físico no me lo imagino nunca.
Lo consigo porque yo, al escribir, pienso en palabras. En palabras y en signos ortográficos ¡en los que nadie piensa! Hace poco leí una frase de Isaak Bábel, un escritor ruso, claro, porque los escritores rusos son los mejores del mundo, que decía: “Nada emociona tanto como un punto y aparte bien puesto”. Y una coma igual. Hay que ponerla cuando hay que ponerla. Es mucho más interesante que una descripción física. ¡Si me imaginara el aspecto de los personajes, no podría seguir escribiendo!
En eso cada escritor es distinto. Los hay que dibujan, otros tienen fotografías, otros piensan en alguien a quien conocen... Yo no. Yo tengo que estar completamente “en blanco”.
No lo sé muy bien porque empecé a escribir el día en que, de hecho, aprendí a escribir. Como me gustaban mucho los cuentos que leía, enseguida me puse a escribir uno. No me acuerdo muy bien con qué motivación. Con la de imitar lo que me gustaba, imagino. Y como siempre he seguido escribiendo, pues nunca me he planteado por qué comencé...
¡Yo creo que me debería haber retirado antes de publicar el primero! [Ríe]. Es verdad que llegó un momento en el que pensé: “Ahora, a los defectos que uno tiene, ya se les añaden los de la edad. Ya no sabes si hoy es miércoles... o si miércoles es mañana”. Y creí que había llegado el momento. ¡Pero es que yo no sé hacer otra cosa que escribir! ¡No doy para más! Entonces empecé Tres enigmas para la Organización con la gran libertad de pensar que mi carrera estaba ya hecha y que, si el libro salía mal, salía mal. ¿Y qué haré después? Pues no lo sé. De momento, no estoy haciendo nada.
Yo, por ejemplo, escribo siempre a mano y con pluma. No podría escribir una sola letra con un bolígrafo. La pluma se desliza muy bien. En cambio, con el bolígrafo queda una cosa fea... Además, me gusta mucho la caligrafía y procuro hacer buena letra. Y la pluma tiene un ritual, de cargarla, limpiarla... Utilizo una con émbolo y tintero, por supuesto. Nada de cartuchos. Ahora hay a quien le das una pluma estilográfica y la quiere enchufar a un USB...
Una vez que he escrito a mano, uso varios rotuladores, de distintos colores, con los que corrijo y hago observaciones. Al final, aquella página es un caos, sí, pero es un caos que yo entiendo. Eso me sirve para ver todo el proceso de construcción del texto, porque cada cosa tiene su color, y hay unas nubes en las que pone: “Cuidado con este personaje”, “mira la página 8” ... Las páginas, claro, las voy numerando. Y ya cuando tengo eso claro lo paso a ordenador. Siempre lo he hecho yo mismo porque me gusta ver la “mancha”, es decir, el tamaño del párrafo. Más tarde lo imprimo y vuelvo a corregir... Así hasta que sale el libro.
Sí, ahora ya no aguanto mucho rato, pero siempre lo he hecho así, en un pupitre alto, antiguo, de los que tenían los escribanos, que me regalaron. Creo que de pie se está más concentrado. Si me siento, me duermo. Me aburro yo a mí mismo...
[Ríe]. Mi vestuario de trabajo es muy informal. Muy, digamos, casual chic.
Para no tener la tentación de ir a la calle...
Aparte de Pío Baroja, por supuesto, pongamos a Dickens como número 1. Y luego a Kafka como número 2. Y como número 3... a Messi.
No, ¡pero es que lo admiro tanto! [Ríe]. Pongamos, entonces, a Messi y a Pío Baroja juntos.
Así es. Me gusta ser extranjero. Y, además, me considero bastante nómada. Está estudiado que hay dos tipos de personas: aquellas que no se pueden ir de casa y que, en cuanto van al extranjero, buscan un restaurante quesirva paella; y las que tienen que estar siempre viajando y viviendo fuera. Yo soy más de esas segundas. Cuando ya conozco muy bien una ciudad, sus tiendas, sus calles, me voy a otra. Lo que más me gusta es descubrir, perderme...
Conozco a muy poca gente que haya tenido tanta suerte como yo, aunque también me la he trabajado. He tenido muchas oportunidades, sí. La mayoría de la gente no tiene tantas, sería bien tonto si no lo reconociera, pero creo que he sabido aprovecharlas.
Así es. Traducía del inglés y del francés... Creo que una persona que escribe ha de saber idiomas, debe conocer de qué manera “se construye” en otras lenguas.
Pues lo que más me gusta es no tener ningún compromiso y pensar: ¿a qué dedico el día de hoy? Entonces, me organizo. Y por las mañanas me pongo a escribir. No mucho. Soy muy vago. Empiezo tarde, acabo pronto. Miro mucho por la ventana. Me rasco la nariz, la cabeza... Luego como y duermo la siesta, que es sagrada. De veinte minutos, no más. Y por la tarde, si estoy metido en un libro, corrijo, paso a ordenador... Y leo, claro. Es lo que me gusta. Después ceno. Y ya se puede salir, se puede ver la televisión... Aunque lo que procuro es que no haya un día normal.
Eduardo Mendoza fue uno de los invitados de la primera temporada de ¿Te quedas a leer?, el pódcast de PlanetadeLibros en colaboración con El Terrat. En cada episodio, Bárbara Goenaga y Esti Gabilondo invitan al estudio a autores del momento para charlar sobre sus libros y lecturas, hacer un poco de “salseo” literario y pasar un rato agradable con muchísimo humor.
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Comentarios y valoraciones sobre el artículo: Entrevista a Eduardo Mendoza: “Siempre escribo a mano y con pluma. No podría escribir una sola letra con un bolígrafo”