
Juan del Val, ganador del Premio Planeta 2025 con la novela Vera, una historia de amor, y Ángela Banzas, finalista del certamen con Cuando el viento hable, dialogan en una de sus primeras entrevistas conjuntas tras recibir este reconocimiento literario. Del Val es escritor, guionista y colaborador habitual en televisión y destaca, sobre todo, por una voz honesta y sin artificios. Autor de varias novelas, con Vera, una historia de amor se atreve a desgranar el deseo, las relaciones humanas y la clase social desde un punto de vista muy personal. Por su parte, Banzas debutó con El silencio de las olas en 2021. Desde entonces, ha construido una sólida trayectoria y ya ha publicado varias novelas, aunque esta es su primera novela romántica, una historia que evoca la memoria colectiva transportando a los lectores hasta las zonas rurales de Galicia o a la Costa da Morte.
Juan y Ángela han sido los invitados del primer episodio de la tercera temporada de ¿Te quedas a leer?, el pódcast de PlanetadeLibros en colaboración con El Terrat. En cada episodio, Bárbara Goenaga y Esti Gabilondo invitan al estudio a autores del momento para charlar sobre sus libros y lecturas, hacer un poco de “salseo” literario y pasar un rato agradable con muchísimo humor. Esta entrevista resume los mejores momentos del episodio, que puedes recuperar íntegro en nuestro canal de Youtube:
Juan del Val (JDV): A mí, Cuando el viento hable me provoca emoción. Si tuviera que resumirlo en una palabra sería “autenticidad”. Me parece que lo que escribe Ángela tiene que ser completamente verdadero. Lo que escribe tiene que ser verdad.
Ángela Banzas (A.B.): Es curioso porque a mí hay un personaje de Vera, una historia de amor que me está gustando muchísimo. Es Antonio y me encanta, justamente, porque le veo mucha verdad. Es un personaje que me está gustando mucho junto a Vera, otro personaje que atrapa porque logras entenderla en todo.
JDV: Te diré que Antonio es el primer personaje masculino que me sale realmente bien. Yo escribo sin saber hacia dónde voy y, por algún motivo, cada vez que un personaje masculino me empieza a caer bien… lo mato o lo convierto en un idiota. Sin embargo, Antonio me cae bien y es cierto que se parece bastante a mí.
JDV: La primera y única llamada que hice fue a mis padres. Evidentemente, ellos ya se habían acostado y les empezó a sonar el teléfono. Eran amigos que querían felicitarles y ellos no sabían por qué. Cuando pude llamarles estaban emocionados e incrédulos. Fue un momento muy bonito.
JDV: El pasillo es largo, así que me propuse disfrutarlo. Sabía que iba a agradar a mucha gente… y a otra no tanto, pero eso no me quitaba el sueño, estoy acostumbrado. Quise hacer ese paseíllo a mi manera: consciente de cada paso, mirando bien para no tropezar y siendo plenamente consciente de lo que estaba viviendo. Me abroché la chaqueta y a caminar.
A.B.: Al principio tuve que preguntar: “¿Qué hago?, ¿subo?”. No sabía qué tenía que hacer; fue un bloqueo total. Me giré hacia Nuria buscando indicaciones y, cuando por fin me vi allí, en medio del paseíllo, solo podía pensar en una cosa: no caerme. Lo pensé muchísimo. Repetía para mis adentros: “Por favor, que no me caiga”.
JDV: En general, en todo lo que escribo procuro saber de qué estoy hablando. Busco escenarios que me resulten cercanos y fáciles, precisamente porque los conozco. A lo largo de mis novelas aparecen barrios, situaciones o ambientes que he vivido o que me son familiares.
Sevilla es una ciudad que me apasiona. Me encanta por muchas razones. Me parecía un escenario fantástico para contar lo que siempre me interesa contar: personajes. Tanto las tramas como los escenarios son, para mí, una excusa para hablar de ellos. Conozco sus bares y sus barrios y eso me facilita mucho las cosas. Al final, los sentimientos y las emociones que cuento son universales y podrían darse en cualquier lugar y en cualquier época.
JDV: Siempre que escribo una novela estoy en todos los personajes. En los que me caen bien y en los que detesto; en los comportamientos que admiro y también en los que no me gustaría tener… y, sin embargo, los tengo. Incluso en personajes como el Marqués, que es complejo y que, de entrada, no tiene por qué caer bien, hay cosas de mí.
Lo que a mí me interesa escribir tiene que ver con las dudas, los miedos, las inseguridades, con todo eso que todos podemos sentir y reconocer con facilidad. Por eso, tampoco me gusta condenar a ningún personaje; es algo a lo que me resisto. En mis novelas, por lo general, no hay villanos absolutos ni príncipes azules. Nunca los hay.
A.B.: Yo empiezo siempre gestando los personajes. Y, aquí, el que más me interesaba era Sofía, la protagonista. Para documentarme, he recurrido a los libros y, sobre todo, he visitado el Hospital Real que, ahora, es el Parador de Santiago. A través de las guías, la gente de allí, los archivos… he ido tejiendo toda la historia.
Creo que el Hospital Real era un lugar con mucha magia y me aportaba, a la perfección, la atmósfera que buscaba para la novela. La posguerra, además, me ayudaba a hacer más grande la historia. Buscaba algo intergeneracional y me interesaba mucho la figura de los abuelos que, siempre, cargan con todo para sacar adelante a sus familias.
A.B.: Siempre he trabajado el amor en mis novelas anteriores, pero desde un lugar más oscuro. Ahora estoy contenta porque me ha salido un amor más sano.
JDV: Hay una cosa de la novela de Ángela que a mí me gusta mucho, y es la época. Me parece interesantísima, porque empieza en 1939, al final de la Guerra Civil. Esa generación tiene un interés increíble; es la generación de mis padres. Y, hablando de una historia de amor más luminosa y menos oscura que las anteriores, creo que el optimismo hay que ponerlo en valor. Muchas veces, en la literatura, en el arte y en la creación, parece que el pesimismo tiene más prestigio.
JDV: Para mí el deseo es estar vivo. Si no deseas, bueno, respiras, comes y tal, pero vivo, vivo no estás. Para mí, el deseo es algo fundamental para vivir. Y también lo es la pérdida de control en un momento dado.
Hay una reflexión en Vera, una historia de amor que tiene que ver con la libertad, que parece sencilla, pero tiene más profundidad de lo que parece. La libertad es perder el miedo a equivocarte. Y esto es algo que Vera va construyendo a medida que evoluciona durante la novela. Me parece que el deseo o la ausencia de deseo explica cómo eres y cómo estás.
A.B.: Escribo desde siempre, lo que pasa es que a mí me gustaba más la poesía. En mi casa eran muy pragmáticos y, evidentemente, pues no me decían “ah, qué bien, quieres ser escritora, ¿no?”. Me orientaron para tener algo que tuviese una salida profesional.
Estudié, sí, pero yo seguía escribiendo poesía, mis reflexiones, mis cosas... Y, con la maternidad, llegó mi punto de inflexión. Cuando fui madre, puse sobre la mesa muchas cositas que tenía ahí en la cabeza, sobre todo que me habían contado de antepasados. Me explicaron cómo era la vida antes, cómo mi bisabuela trabajaba la tierra… Y empecé a poner todo esto en valor. Había historias especialmente duras que necesité narrar y demostrarles a mis hijos que no solamente venimos al mundo a trabajar. Quería que supieran que, si tenían un sueño en la recámara, había que intentarlo.
A.B.: Pues esto os va a gustar mucho. Me preguntaron si me habían dado una copa. Y les dije que no. Ellos juegan a fútbol y se extrañaron cuando les dije: “No, no tengo copa”.
A.B.: Yo escribo en casa, pero debo reconocer que, cuando inicio una novela —para arrancar, pensar en las tramas y todo eso—, necesito aislarme y tomar distancia. Siempre me voy a algún sitio con playa. Suelo irme una semana o quince días y, cuando ya he arrancado, vuelvo al ruido. Me pongo los auriculares: ya no escucho el mar, escucho otras cosas. Es verdad que, cuando estoy muy metida en la historia, estoy completamente inmersa. Sea de día o de noche; no consigo desconectar en ningún momento.
Estoy siempre tomando notas en todas partes. Ahora intento ser un poco más organizada, pero lo cierto es que siempre llevo libretas. Eso sí, por manía, tienen que ser de papel blanco. Escribo en todas las direcciones, con todos los colores posibles... De repente, te encuentras una nota del médico del niño, del dentista, de no sé qué… Es una locura absoluta.
JDV: La clave la ha dado Ángela. Cuando ya estás dentro de la novela, te vale cualquier lugar y cualquier momento. Ahí todo fluye de otra manera. Yo, para empezar, y en las épocas en las que no fluye tanto, cuando todavía no estás del todo metido, hago otra cosa. Siempre alquilo un apartamento en el centro de Madrid. Tengo tres hijos que, aunque ya son mayores, son muy sociables y, en casa, siempre hay gente.
Me gusta estar en el centro de Madrid porque, para mí, es fundamental bajar a la calle y ver gente. Eso me alimenta mucho. Además, me gusta más escribir por la mañana. Pero es cierto que, ahora, tengo menos manías. Por ejemplo, ya no tomo notas.
Cuando el deseo también es el peligro
Vera ha seguido siempre las reglas: ha vivido durante más de veinte años con la elegancia, la discreción y la dignidad exigidas a la esposa de un marqués. Pero ahora, a los cuarenta y cinco, recién separada y sin nadie que le dicte qué hacer, empieza a plantearse preguntas que nunca se había permitido.
En medio de esta búsqueda aparece Antonio. Es más joven, de origen modesto y ajeno a su mundo. No es solo la atracción lo que los une, sino algo más profundo: la posibilidad de salirse del guion. Ese vínculo, tan improbable como provocador, será el detonante de unos hechos que nadie anticipa.
El exmarido de Vera no acepta que esta se haya rebelado, y lo que comienza como despecho se va convirtiendo en algo mucho más siniestro. Hay cosas que el marqués no soporta perder. Y algunas pérdidas, cuando se acumulan, pueden llevarte al límite.
Un país en silencio. Un misterio que aún respira. Un drama familiar de posguerra.
Sofía nace en el otoño de 1939, tras una tragedia familiar, y crece rodeada de secretos en la Galicia rural de la posguerra. Sus abuelos paternos la crían bajo una estricta vigilancia, mientras su padre, un bibliotecario que vive oculto en las sombras, le alimenta la imaginación con historias fantásticas.
Ella no entiende de qué la esconde su familia ni quién es esa niña que se le aparece como una alucinación. Tras ser ingresada en el Hospital Real de Santiago, encuentra refugio en Julia, su primera gran amiga. Allí, los pasillos clandestinos y los rastros de un pasado enterrado emergen para desvelar nuevos misterios. ¿Qué pretende ese joven de ojos verdes que ha irrumpido en su vida y parece tener tantas respuestas?
Esta novela explora el poder de la imaginación frente al horror, y el amor como última esperanza. Porque, incluso en los momentos más sombríos, una gran historia puede salvarnos la vida.
Artículos relacionados
Otros contenidos que te pueden interesar
Comentarios y valoraciones sobre el artículo: Juan del Val: "Muchas veces, en la literatura, en el arte y en la creación, parece que el pesimismo tiene más prestigio"