PLANETA CÓMIC ES NOVELA GRÁFICA (por Juan Royo)

Cultura popular al alcance de todos

@juanroyoabenia Juan Royo Abenia

Nos encontramos en un mundo audiovisual, en donde la imagen cobra una importancia extraordinaria, en donde los impactos que recibimos las personas son constantes e indiscriminados. Este aluvión de mensajes, reclamos, llamadas de atención e incluso gritos pueden hacernos perder el foco y no ser capaces de discriminar entre lo importante y lo banal, lo urgente y aquello que puede esperar. El cómic es un bálsamo que provoca un doble efecto. Por un lado, catalizador de aquello que nos afecta realmente, aquello que merece la pena ser tenido en cuenta en función de nuestros intereses y de nuestras inquietudes. Por otro lado, facilita la introducción a temáticas complejas. Se trata de una punta de lanza que permite ordenar ideas y clasificarlas para una mejor comprensión. Y como culminación de este proceso iniciático de aprendizaje, el placer absoluto de la lectura que permite el deleite de cada viñeta y la recreación en detalles y contextos, en diálogos y en ambientes. Guionistas, dibujantes, entintadores y coloristas fabrican historias que merecen ser deconstruidas para comprender su complejidad y disfrutar con todos y cada uno de los matices.

Por eso es una buenísima noticia la aparición de esta revista por parte de Planeta Cómic que repasará su catálogo de cómic independiente norteamericano, europeo y manga japonés. Encontrar textos que acompañen a los aficionados en sus lecturas siempre me ha parecido un ejercicio imprescindible para lograr extraer el jugo al máximo de una novela gráfica. De la misma manera que se necesita acompañamiento para conocer las grandes obras de la música, del arte o de la literatura. Las anotaciones de Alan Moore en From Hell o las historias paralelas narradas en Watchmen marcan una línea a seguir desafortunadamente poco explotada por el resto de autores de cómic.

PLANETA CÓMIC ES NOVELA GRÁFICA se marca el objetivo de fomentar la lectura y llegar a todos los públicos, mediante adaptaciones literarias (Nada de Carmen Laforet, Patria de Fernando Aramburu, La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza, Dos hermanos de Milton Hatoum, Buenos días, tristeza de Françoise Sagan, La Mennulara de Simonetta Agnello Hornby) y obras nacionales (Voces que cuentan) e internacionales (Yo soy Maria Callas) de prestigio innegable.

Yo soy Maria Callas de Vanna Vinci, traducción de Diego de los Santos) es la vida narrada en primera persona de la soprano griega nacida en Estados Unidos. Un emocionante y desgarrador repaso por las diferentes etapas de su vida, marcada por la tóxica relación con su madre, quien ya la detestaba desde el mismo día de su nacimiento y a quien consideraba un mero instrumento para conseguir su enriquecimiento familiar. Su madre se convierte en antítesis de la definición de madre y ejercerá una terrible influencia en su vida. En su adolescencia, incluso la anima a flirtear con soldados que la desnudan con os ojos mientras canta (y si hay que regalar algún beso, tampoco pasa nada). Su madre, celosa patológica, explotará a María sin piedad, mientras la insulta y la desprecia. Su única salida será huir a Nueva York. Su padre y su padrino la esperan con los brazos abiertos.

Sin embargo, el carácter de Maria está tristemente forjado en una melancolía que, huérfana del amor maternal, condicionará sus relaciones sociales. El talento de la divina Callas se desarrollaría de la mano de la valderrobrense Elvira de Hidalgo, su profesora, amiga y confidente. Le enseñó el secreto y la técnica del bel canto, a moverse por el escenario y a lucir fastuosos vestidos, esenciales en toda representación operística, y así alcanzaría la categoría de mito de la ópera. Memorables sus Fidelio, Tiefland, Cavalleria rusticana, Turandot, Aída, Madame Butterfly o Norma. También será recordada por sus tortuosas relaciones sentimentales, como con el industrial Giovanni Battista, su primer marido, o con el magnate naviero Aristóteles Onassis, su gran amor. Su declive artístico fue el triste destino al que se encontraba abocada tras una existencia infeliz. La Divina fue una persona acomplejada y explotada por quienes deberían haberla protegido y mimado, una verdadera «tragedia griega». En realidad, nunca fue María Anna Cecilia Sofia Kalogeropoúlou si no la Callas, una mujer fatalista, quizá también porque era griega, un juguete del destino, sin vida, que solo tuvo su música. Una mujer a la que muy pocas personas llegaron a conocer, quien nunca quiso ser un ídolo, porque sabía que cuando está enfermo o pasa por un momento difícil y necesita ayuda… ¡en ese momento es un ídolo caído!

En Dos hermanos de Milton Hatoum (Fábio Moon y Gabriel Bá y traducción de Ignacio Bentz, Planeta), Brian Azzarello dicta sentencia y finaliza el debate abierto por algunos jerifaltes de la burocracia cultural española: "El cómic se creó como entretenimiento. Dos hermanos es la prueba de que los cómics pueden ser arte. Cuanto más abarcan tus ojos, más llega a tu corazón". Trasladar una historia de un medio a otro siempre requiere un extraordinario ejercicio de flexibilidad. Con una novela tan compleja como la de Hatoum, esta práctica requiere además de una buena dosis de virtuosismo para solucionar los múltiples dilemas que surgirán y que decidirán si la comprensión de la narración se logra. El resultado es sobresaliente. El drama de los gemelos Yaqub y Omard, sus padres y hermana, la empleada del hogar, Domingas y el hijo de ésta, estallará entre pasiones, incesto, resentimiento y venganza.

Voces que cuentan (VVAA) recoge relatos con un mínimo común denominador: la relevancia du sus autoras y su compromiso social. Sin lugar a dudas, el apartado gráfico es lo más destacable de la obra. La portada de Esther Gili es toda una declaración de intenciones de lo que nos vamos a encontrar en el interior. Sueños, creaciones, feminismo, dramas, sentido del ridículo, emociones, coraje, enfermedades mentales (anorexia), neologismos (sororidad –¿qué opinará Irene Márquez o Rebeca Argudo, me pregunto con maldad-), silencios, temores, violencia, soledad, confesiones, patriarcado, antepasados…

Solo con diecinueve años se puede escribir un texto como el que recogerá Buenos días, tristeza de Françoise Sagan (Frédéric Rébéna). Delicadeza y sensualidad para describir la explosión de emociones que es la adolescencia, una fase vital que tiene mucho de tópicos y que se trata de homogeneizar cuando realmente cada persona la vive a una edad y de una manera única e irrepetible. El padre de Cécile es alegre, frívolo y seductor. Sin amenazas externas, la cómplice relación paterno filial transcurre ociosa, plácida y despreocupada. Pero una antigua amiga de la madre, la inteligente, culta, bella, serena y enigmática Anne trastocará los planes de Cécile quien empleará con todo su ingenio adolescente para sabotear cualquier tipo de relación duradera entre la intrusa y su adorado padre.

Y solo con cincuenta y siete años se puede escribir un retrato como el de la vida en Roccacolomba, un pueblecito en la Sicilia de los años sesenta. La Mennulara de Simonetta Agnello Hornby (Massimo Fenati) gira alrededor de la sirvienta de la acaudalada familia Alfallipe y su sirvienta y administradora de la herencia. El Mediterráneo rural italiano comparte muchos atributos con el español. El sol amarillo sobre el retorcido terreno, duro y naranja no deja lugar para la nostalgia. A través del visillo se contemplan a las personas y con gestos y detalles se interpretan comportamientos y decisiones en una atmósfera rural opresiva y asfixiante.

Patria de Fernando Aramburu (Toni Fejzula) narra el dolor que los sanguinarios pistoleros de ETA causaron a tantas y tantas buenas personas. Como aquel emprendedor, Txato que se negaba a trasladar su empresa a Logroño para evitar el despido de sus trabajadores, a pesar de sufrir la extorsión de los terroristas y la traición de muchos de sus vecinos, compañeros y trabajadores. Txato acabaría siendo vilmente asesinado.

Además, las paredes de su pueblo llevaban ya tiempo amaneciendo con cobardes y desalmados insultos. Incluso su tumba sería profanada. Es el reflejo de la vileza moral de unos seres (¿humanos?) que hoy ocupan -altivos- puestos de relumbrón en instituciones regionales, nacionales e internacionales, sin atisbo alguno de arrepentimiento y son considerados por algunos como hombres de paz (que cruel oxímoron). Nunca las palabras fueron tan hirientes. Nunca una victoria fue tan pírrica. Nunca la democracia se levantó tan compungida ante nuevas formas de violencia (verbal y física) que sufren los honrados a manos de populistas y sus secuaces.

Barcelona, recuerdos de un pasado oscuro

Claudio Stassi, palermitano de nacimiento y barcelonés de adopción, dibuja épocas pasadas de la capital catalana con la perspectiva y el juicio que le ofrece su depurada técnica, oscura y fatalista, que encuentra en las sombras el cauce con el que transmitir emociones encontradas (tristeza que no nostalgia, rabia que no odio, empatía que no condescendencia).

La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza (Claudio Stassi), retrata la Barcelona de entre las dos Exposiciones Universales de 1888 y 1929. Una ciudad sucia y cosmopolita, violenta e hipnótica, tumultuosa, agitada y pintoresca. Onofre Bouvila, es un inmigrante paupérrimo que vive en una pensión de la caridad de su patrón hasta que consigue peligrosos trabajos como repartir propaganda anarquista o estafar a incautos mediante la venta ambulante de fraudulentos crecepelos. Los bajos fondos se le abren de par en par y descubrirá que la violencia solo engendra violencia y que entre los idealistas hay gente de peor calaña que entre los rateros. Stassi también es autor de “Por esto me llamo Giovanni” (Norma). Se trata de una descarnada crítica a la Mafia siciliana y la valiente la historia del juez Falcone que tiene muchas similitudes con el hampa barcelonesa: la ineficiente asignación de recursos económicos que provoca la extorsión permanente a la que someten los delincuentes a los honrados trabajadores y pequeños comerciantes, huérfanos, además, de unas reglas de juego transparentes y justas. El Estado ha hecho omisión de sus funciones, cuando no se pone directamente del lado de los poderosos.

Nada de Carmen Laforet (Claudio Stassi) nos traslada al final de la Guerra Civil. Andrea, una joven huérfana, llega a la gran Barcelona para estudiar en la Universidad. Vivirá en la casa familiar. La asfixiante situación de pobreza económica, el pesimismo reinante en una sociedad exhausta y las rígidas convenciones morales y religiosas se confrontarán con el intelectual ambiente universitario de la época, un remanso de reflexión, libertad y descubrimiento. Nada que ver con la Universidad actual, presa de burocracia, mediocridad y populismos.

Valora este artículo