La identidad constituye, epistemológicamente hablando, un concepto aún en constante redefinición y debate. Atendiendo, empero, a su etimología, el término procede de la palabra latina “identitas”, la cual podría traducirse como “igual a uno mismo” o “ser uno mismo”, haciendo referencia al conjunto de atributos y cualidades inherentes a un individuo en particular, a la esencia misma que lo define y lo diferencia del resto de seres. Es el principio que nos permite nombrarnos y ser nombrados. La identidad es, pues, la conciencia que uno tiene de sí mismo, la individualidad, y lleva implícito otro concepto, el de alteridad, que entronca directamente con la identidad social y la capacidad de ponerse en los zapatos del otro.

La introducción es pertinente porque, en el fondo, lo que Edward Ashton delinea en su novela debut no es más que una certera indagación sobre el dilema del barco de Teseo, sobre el ego y el concepto mismo de identidad, a través del empleo de la clonación y sus ramificaciones éticas; es más, el autor va a llevar el propio concepto al límite, va a amasarlo con los tropos del transhumanismo (cuerpos desechables, digitalización de la conciencia...), y va a tratar de dilucidar cuán flexibles son sus fronteras y, finalmente, de dar respuesta a la pregunta de ¿qué ocurre cuando el otro es tú mismo?

Su aparente ligereza de pies, cimentada en torno a un núcleo temático sombrío y descorazonador, y levantada sobre un protagonista socarrón y optimista irredento y una suerte de doppelganger, no la exime de asestar aguijonazos cuando lo cree conveniente. El primero de ellos a los estados totalitarios que reducen al individuo a mera fuerza de trabajo y, en el caso que nos ocupa, a un conjunto de calorías que gestionar en una colonia situada en un planeta de inviernos permanentes, Nilfheim, que no tolera la vida humana. El fanatismo religioso, con su habitual dosis de intransigencia e intolerancia, ejemplificado en la novela a través de un culto que considera a los clones como poco más que animales sacrificables es, también, parte central de sus críticas a una sociedad deshumanizada que es inquietantemente similar a la nuestra.

Ashton, como Lem o Ballard antes que a él, está mucho más interesado en las perversiones que la tecnología inicia en el individuo y la manera en la que afecta a nuestro comportamiento que en la teconología en sí misma. El viaje hasta el planeta colonia y el devenir en el mismo sólo es el vehículo que usa el autor para hablar sobre las relaciones humanas e interespecies en ambientes aislados y extremos.

Así, en la novela, el protagonista, Mickey, es un prescindible, el puesto más bajo en el estricto escalafón, casi feudal, de una colonia planetaria. Con aquella denominación, prescindible, se designa a un individuo que es llamado para efectuar los encargos más peligrosos, a menudo letales, pero necesarios para el funcionamiento de la colonia. Expuesto a los rigores de la radiación y el vacío, Mickey ha muerto y ha sido clonado en un útero artificial, con sus recuerdos intactos, hasta en seis ocasiones. A priori, este ciclo eterno de muerte y resurrección le asegura la inmortalidad, pero, cuando comienza el relato, el  protagonista va ya por su séptima iteración -Mickey7-, y el peso del estrés postraumático empieza a hacer mella en su psique. Su conciencia se desmorona, su sentido unitario del yo se deshace y se fragmenta.

Por diversos avatares de la trama, Mickey7 acaba viéndoselas con una versión posterior a sí mismo, Mickey8. De la lucha de identidades entre ambos, de su justificada necesidad de supervivencia en mitad de una naturaleza inmisericorde, del racionamiento y de los equívocos amorosos que surgen con el resto de habitantes de la colonia, nacen los momentos más brillantes de la novela. Ashton logra algo asombroso, ya que, aunque hace del protagonista y el antagonista el mismo individuo, convirtiéndolos en el núcleo de un conflicto cuyas ramificaciones y resolución, por inesperadas, son absolutamente satisfactorias, el lector acaba, por empatía y punto de vista, poniéndose de parte de Mickey7, aún cuando es el reflejo especular de Mickey8. Pero es que aquel es un tipo simpático, al que te llevarías de cañas, pero su octava iteración es, si me permiten el juego, total y absolutamente prescindible.

Sergio García Perera @libreria dorian

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