Luis Landero: «Nos estamos perdiendo la lentitud, que es lo que nos ayuda a pensar, a sentir y a mirar»

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18 abr 2024

Es considerado uno de los mejores novelistas españoles. Nacido en Alburquerque (Badajoz) y profesor durante muchos años, debutó en la literatura con Juegos de la edad tardía y conquistó el Premio Nacional de Narrativa de ese año. Le han seguido otras tantas grandes obras que han sorprendido y enamorado al público y donde no falta un poco de sentido del humor para reflexionar con precisión sobre la condición humana. 

El nuevo libro de Luis Landero se titula La última función y en él nos habla del poder transformador del arte, de historias de amor inesperadas y de todo lo que pasa en la vida sin que lo esperemos. 

Hoy conversamos con Luis Landero para conocer más en profundidad cómo es su proceso de trabajo, de dónde le viene su pasión por el teatro o qué cosas cree que nos estamos perdiendo en una sociedad instalada en una carrera constante. No te pierdas lo que nos ha contado. ⤵️

¿Puede una obra teatral cambiar la vida de quienes la representan? ¿Puede el arte transformarnos?

«Landero es uno de los mejores novelistas españoles.» José-Carlos Mainer, Babelia (El País)
«Un pedazo de escritor que crece y crece, cuando creíamos que era ya suficientemente grande.» J.M. Pozuelo Yvancos, Abc Cultural
«Si hay un valor seguro en la actualidad literaria española es la prosa, son las historias, de este escritor extraordinario.» Fernando Aramburu
«Landero sigue en racha. … Uno de los narradores más contundentes, ricos, profundos y reconocidos en español.» Jesús Ruiz Mantilla, El País Semanal
«Si me pidieran candidatos españoles al Nobel no dudaría en declamar el primero: Luis Landero.» José Antonio Vidal Castaño, Levante
«Landero es uno de los grandes escritores de este mundo.» Manuel Vilas

Un grupo de amigos jubilados todavía recuerda la tarde de aquel domingo de enero de 1994 en que un Tito Gil maduro hizo su aparición en el bar restaurante del pueblo, en la Sierra de Madrid. Lo reconocieron por su prodigiosa voz. Regresaba a su lugar natal el afamado actor, el niño prodigio, la gran promesa teatral que parecía haber triunfado en los escenarios de la capital, o tal vez de medio mundo. Quizá en busca de notoriedad, Tito Gil no tardará en proponerles una gran representación colectiva con la que revitalizar el turismo y atraer a gente. Será la última oportunidad de evitar el despoblamiento paulatino. Nadie parece resistirse, pero necesitan a una gran actriz que le dé a él la réplica. En esas fechas, Paula, una mujer que ha visto aplastados sus sueños por la rutina laboral, toma el último tren en Atocha y despierta, sin saberlo, en la estación de un pueblo para ella desconocido.
  Bajo el sortilegio de un relato oral colectivo, en La última función Luis Landero vuelve a deleitarnos con la fascinación de una historia y de unos personajes que parecen salir de la bruma y tomar la escena para sentirse transformados. Una historia de amor inesperada, y un sinfín de personajes secundarios humorísticos y admirables que culminan en un magistral desenlace.

¿Qué ha significado la vocación de escritor para ti? 

Es lo que ha dado sentido a mi vida. Hay cosas importantes en mi vida, pero desde los quince años hasta ahora lo más importante en líneas generales y como proyecto de vida ha sido la escritura. 

¿Cuánto hay de Luis Landero en Tito Gil? 

Está más bien inspirado en un amigo mío. Tiene ahora 86 años y recitaba a Lorca e hicimos juntos una gira por Estados Unidos, Marruecos o Francia cuando yo estaba a punto de sacar Juegos de la edad tardía, mi primera novela. Más que en mí está inspirado en él pero comparto con Tito esa pureza y ese interés total en el arte. 

¿Qué nos vamos a encontrar en La última función

Eso lo tienen que decir los lectores, pero puedo decir que se van a encontrar la historia de dos vidas con todo lo que la vida tiene de conflicto y de agridulce. Porque en la vida hay mucha belleza y muchas cosas estupendas pero también hay horror y mucha amargura, hay de todo. En una novela están todos los ingredientes de la vida, como en un gazpacho.

Tito Gil es el protagonista de la novela y es muy fiel a su vocación. ¿Es importante mantener esa ilusión? 

Cuando se es artista de verdad y de estirpe romántica, además con la ingenuidad romántica que él tiene, desde luego. Es excluyente, como los grandes amores. 

¿De dónde surge el amor por el teatro? 

Probablemente, sea innato porque todos tenemos dentro un actor en la vida diaria. Tenemos varios egos, varias máscaras. Además fui profesor en la Escuela de Arte Dramático de Madrid durante dieciocho años y el teatro es algo muy próximo, muy familiar y muy querido para mí. Dieciocho años explicando a Sófocles, Shakespeare, Chéjov, Lope o Valle-Inclán marcan mucho.

¿Podemos leer esta novela también como un canto de amor a los lugares despoblados de la España vacía?

Sobre todo porque yo soy también de pueblo, me es algo muy próximo. Sí es un canto de amor porque yo lo he vivido y me dan mucha pena los pueblos y el mundo rural que están abandonados. A veces quedan cuatro viejos y algún gato y realmente es una pena. Me siento muy identificado. 

En la novela se critica la rapidez de la vida moderna. ¿Qué nos estamos perdiendo con tanta velocidad?

Nos estamos perdiendo la lentitud, que es lo que nos ayuda a pensar, a sentir y a mirar. Desde la rapidez no nos enteramos de nada. Al revés, el pensamiento se colapsa y la mente se confunde. Es desde la lentitud, la concentración y la soledad desde las que se han hecho las cosas de mérito en la Humanidad, ya sea la filosofía, el arte o las ciencias. Y eso es lo que nos perdemos con la prisa. Es decir, casi todo. No necesariamente tenemos que irnos a un pueblo para encontrar la pausa, en las ciudades también se puede, igual que la soledad se puede encontrar en compañía de otras personas. 

Tus obras hablan con frecuencia del fracaso pero también de la ilusión. ¿Siempre hay un lugar para la esperanza?  

Por supuesto. ¿Qué sería de nosotros sin esta publicidad que nos hacemos a nosotros mismos que es la esperanza? Es fundamental. Siempre tenemos cantidad de ilusiones cuando somos jóvenes, muchos proyectos para el futuro, y esos proyectos a menudo no se cumplen. Sobre todo si son ambiciosos. Entonces puede aparecer la idea del fracaso. Pero el que lo intenta no fracasa. Tito lo intenta por ejemplo y por eso no fracasa. Don Quijote lo intenta y nadie le podrá llamar fracasado. El problema es cuando no se intentan cumplir los sueños por pereza, por desidia, por cobardía o por lo que sea. Entonces puede aparecer la amargura de la frustración y el fracaso, el «¿por qué no lo intenté?» cuando ya es tarde probablemente.

¿Cómo es un día de trabajo para Luis Landero? 

Para mí es estar sentado en mi mesa de trabajo con mis lápices, con mis plumas porque yo escribo a mano, y con todo mi material de papelería, que me gusta mucho. Si alguien me quiere hacer un regalo por favor que sea algo de papelería [ríe]. 

Y sencillamente estar ahí, tenga ganas de escribir o no. Si no tengo ganas, ya vendrán. Y si no vienen las musas yo las espero, soy más tozudo que ellas. Al final tarde o temprano las musas se compadecen de ti, se apiadan y vienen. La cuestión es intentarlo. Y si no sale un día, al día siguiente sale. Pero si sale al siguiente es porque el día anterior estuviste a pie de obra esperando a las musas. Eso de algún modo tiene su recompensa.  

¿Y cómo haces las correcciones de tus novelas?

Yo tengo una forma de escribir a mano que no hay procesador de texto que pueda igualar. Dejo un margen a la izquierda, pongo una raya, y allí escribo una vez que tengo ya un folio o medio folio. Lo escribo con pluma, en tinta negra. Si tengo que hacer una corrección la escribo con lápiz en el interlineado o al margen. La tercera corrección que tenga que hacer será en rotulador azul, la cuarta en rojo y la quinta en verde. De forma que tengo cinco estratos de la escritura de un vistazo. Y además tengo el margen para hacer dibujitos y tonterías que ayudan a concentrarse. No hay procesador que mejore esto. Y además al final lo bonita que queda la hoja, que parece un cohete de fantasía. Guardo miles de hojas así.  

Y para acabar, ¿cómo se vive un Sant Jordi como autor?

Mi primer Sant Jordi lo viví con Beatriz de Moura, que recuerdo que además me acompañó a todas partes, y no me gustó. No fue una buena experiencia porque íbamos demasiado rápido de un lado a otro. Sin embargo, luego he repetido y ha ido mejor porque ha sido más pausado. Es un poco de locos pero es muy bonito para vivirlo como lector o como visitante. Justamente hablábamos de prisa [ríe].

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