Leer a este autor exige concentración, sí, pero una concentración que se disfruta. No resulta una lectura complicada, sino contemplativa, un tanto perturbadora, donde la narración discurre delicadamente, a pesar de la inquietante trama, con ritmo pausado y una increíble fuerza en su prosa, de lenguaje elegante y cuidado.
Una vez más, la maestría descriptiva se revela en la sutileza con la que da vida a personajes, paisajes y en cada pequeña circunstancia o acción; aquí no ocurren grandes acontecimientos.
Se cierne en un breve momento, pero se siente como una historia inmensa que no puedo explicar, porque no sé cómo empieza o cómo termina.
La lectura se convierte en un acto de intuición. No impone su historia, sino que envuelve con su atmósfera y, al dejarse llevar por las palabras, revela esa trama engañosamente fácil pero intensa, cuyo atractivo reside en la exquisita sensibilidad y la velada profundidad que la literatura japonesa sabe ofrecer.
La premisa es tan sencilla como extraña: Ineko es una joven con una rara enfermedad, de una tristeza bella, la "ceguera de cuerpo" -¿provocada por el amor o como respuesta a una emoción que le supera?-, una situación en la que el corazón ve más allá de lo que los ojos pueden percibir. Su madre ha decidido internarla en un psiquiátrico para curarla, y Kuno, su novio, disiente.
Todo el peso del relato recae en la conversación (para mí un plus) que ellos mantienen durante el día que dejan a Ineko en el hospital. Dos formas distintas de pensar que dan lugar a diálogos que descolocan, buscando de donde viene el problema y cual es la solución, con discusiones, discrepancias, recuerdos, fricciones y culpas. Te lleva a reflexionar sobre temas como la impermanencia, la derrota bélica, el duelo, la redención interior, el propio lenguaje (interesantes juegos), la fragilidad ante la muerte, la percepción de la realidad, el amor, la locura y el mundo de los demonios... algunos de gran relevancia filosófica.
Al mismo tiempo el autor consigue la fusión emocional entre personajes y entorno natural e inserta detalles de "extrañamiento" con intención de desautomatizar la percepción del lector: que no solo lea, sino que sienta y mire el mundo con otros ojos.
¡Me encantaría escuchar mi propio repicar de campanas!, porque es asombroso cuán frágil es el límite que divide la cordura, con su aparente uniformidad, de la innegable singularidad de la locura.
¿Insinúa esta historia que va más allá de Ineko?
Quiero hacer una salvedad sobre la visión del amor, las relaciones, la sexualidad y el rol de la mujer que el #Nobel de Literatura 1968 presenta en esta novela. Parece anticuada para los estándares actuales, pero era la mentalidad predominante en la sociedad japonesa de los sesenta, período en el que la obra fue concebida.
"Sin embargo", su belleza y tristeza sí son atemporales, como también el diente de león, con su calidez, compañero de los protagonistas en el camino; cuyo significado en la cultura nipona armoniza con el relato.
¿Quién se ha resistido a la tentación de soplarlo? Yo lo veo como una planta fuerte y delicada, apresurada, loca en su expansión, entregando sus semillas suavemente al viento, enseñando a fluir con las corrientes de la vida