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Portada Dientes de leon
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Contraportada Dientes de leon

Dientes de leon

Sinopsis de Dientes de leon

Una mirada inquisitiva e ingenua ante los misterios de la existencia humana.

Ineko es una joven enamorada, afectada por una extraña condición: la “ceguera de cuerpo”. Kuno, su novio, quisiera desposarla para estar a su lado y cuidarla, pero la madre de Ineko cree que es mejor que la joven se cure primero y decide internarla.
Dientes de león recoge un extenso diálogo entre Kuno y la madre...

Ficha Técnica

Temática
Publicación1 diciembre 2023
ColecciónBiblioteca Formentor
PresentaciónEpub 2
TraductoraTana Oshima
Formato13.3 x 23 cm
EditorialSeix Barral
ISBN978-631-6508-68-3
Páginas184
Código0010337388
Tinta texto interiorBlanco y negro
País de publicaciónArgentina

Sobre los autores de Dientes de león

Yasunari Kawabata

Yasunari Kawabata nació en Osaka en 1899. Huérfano a los tres años, insomne perpetuo, cineasta en su juventud, lector voraz tanto de los clásicos como de las vanguardias europeas, fue un solitario empedernido. Escribió más de doce mil páginas de novelas, cuentos y artículos, y es uno de los escritores japoneses más populares dentro y fuera de su país. Mantuvo una profunda amistad con el escritor Yukio Mishima, del que fue su mentor y difusor. Recibió el Premio Nobel de Literatura en el año 1968. Entre sus obras, muchas de ellas marcadas por la soledad y el erotismo, destacan La bailarina de Izu, El maestro de Go, Lo bello y lo triste, Mil grullas, País de nieve, El rumor de la montaña o Historias de la palma de la mano. Kawabata se suicidó a los setenta y dos años.

Retrato de  Yasunari Kawabata

Opiniones

Comentarios y valoraciones sobre Dientes de león

SONIA-17/12/2025

¿Ceguera?

Imagen SONIA
Leer a este autor exige concentración, sí, pero una concentración que se disfruta. No resulta una lectura complicada, sino contemplativa, un tanto perturbadora, donde la narración discurre delicadamente, a pesar de la inquietante trama, con ritmo pausado y una increíble fuerza en su prosa, de lenguaje elegante y cuidado. Una vez más, la maestría descriptiva se revela en la sutileza con la que da vida a personajes, paisajes y en cada pequeña circunstancia o acción; aquí no ocurren grandes acontecimientos. Se cierne en un breve momento, pero se siente como una historia inmensa que no puedo explicar, porque no sé cómo empieza o cómo termina. La lectura se convierte en un acto de intuición. No impone su historia, sino que envuelve con su atmósfera y, al dejarse llevar por las palabras, revela esa trama engañosamente fácil pero intensa, cuyo atractivo reside en la exquisita sensibilidad y la velada profundidad que la literatura japonesa sabe ofrecer. La premisa es tan sencilla como extraña: Ineko es una joven con una rara enfermedad, de una tristeza bella, la "ceguera de cuerpo" -¿provocada por el amor o como respuesta a una emoción que le supera?-, una situación en la que el corazón ve más allá de lo que los ojos pueden percibir. Su madre ha decidido internarla en un psiquiátrico para curarla, y Kuno, su novio, disiente. Todo el peso del relato recae en la conversación (para mí un plus) que ellos mantienen durante el día que dejan a Ineko en el hospital. Dos formas distintas de pensar que dan lugar a diálogos que descolocan, buscando de donde viene el problema y cual es la solución, con discusiones, discrepancias, recuerdos, fricciones y culpas. Te lleva a reflexionar sobre temas como la impermanencia, la derrota bélica, el duelo, la redención interior, el propio lenguaje (interesantes juegos), la fragilidad ante la muerte, la percepción de la realidad, el amor, la locura y el mundo de los demonios... algunos de gran relevancia filosófica. Al mismo tiempo el autor consigue la fusión emocional entre personajes y entorno natural e inserta detalles de "extrañamiento" con intención de desautomatizar la percepción del lector: que no solo lea, sino que sienta y mire el mundo con otros ojos. ¡Me encantaría escuchar mi propio repicar de campanas!, porque es asombroso cuán frágil es el límite que divide la cordura, con su aparente uniformidad, de la innegable singularidad de la locura. ¿Insinúa esta historia que va más allá de Ineko? Quiero hacer una salvedad sobre la visión del amor, las relaciones, la sexualidad y el rol de la mujer que el #Nobel de Literatura 1968 presenta en esta novela. Parece anticuada para los estándares actuales, pero era la mentalidad predominante en la sociedad japonesa de los sesenta, período en el que la obra fue concebida. "Sin embargo", su belleza y tristeza sí son atemporales, como también el diente de león, con su calidez, compañero de los protagonistas en el camino; cuyo significado en la cultura nipona armoniza con el relato. ¿Quién se ha resistido a la tentación de soplarlo? Yo lo veo como una planta fuerte y delicada, apresurada, loca en su expansión, entregando sus semillas suavemente al viento, enseñando a fluir con las corrientes de la vida

Maria Balalaika-09/09/2025

Ceguera de cuerpo, si tal cosa existe

Imagen Maria Balalaika
No es infrecuente que alguien en su discurso se presente a sí mismo como un loco, del mismo modo que la franqueza, tomada por imprudencia, parezca un disparate y un acto imprevisto se tache de inoportuno. Si entonces surge una risa, cunde el ejemplo y todo se olvida de inmediato, porque la normalidad no asusta. Al reconocer así su condición, el loco (anónimo, en el sentido de los alcohólicos cuando se reúnen) se redime ante el resto de la humanidad, los que ya tienen asumida su imperfección o están en ello. Lo inadmisible es ser único o excesivo y se precisa un tratamiento que anule o no haga tan patente su diferencia. La madre de Ineko ha ingresado a su hija en un hospital por las mejores razones, acompañada por el novio de Ineko, que persiste en el ruego de consentirles el matrimonio, incluso de internada. Los argumentos, reflexiones y esperanzas de ambos, en una conversación alargada durante el camino de regreso, se mezclan con los recuerdos, las estampas del camino y los alejados sones de la campana del centro. Reconozco en esa reverberación las charlas con amigos y familiares, redundantes en los mismos temas, obsesivos en sus propios intereses, atentos a cualquier novedad y reacios a ella al mismo tiempo. De la representación de lo cotidiano escapa, sin embargo (el novio señala la importancia de los “sin embargos”, sean indeseados o necesarios), la peculiar afección de Ineko. Su “ceguera de cuerpo” es contrapuesta a la ensoñación o la recreación de elementos reales en escenarios en los que no existen: un árbol, un ratón. La muy peculiar mezcla de religiones en Japón (que simplifico para no abrumar) condiciona, sino causa, no pocos traumas y tendencias autóctonas; entre los que destaco el karma budista, la severidad confuciana, la armonía shintoista y, por qué no, el tan cristiano sentimiento de culpa. Lo que hace presumir que se trata de la preocupación de un anciano por una decadencia (también universal) que no pudo prever y que no pudo o supo cambiar con sus escritos. La inalcanzable meta de la regeneración tras el drama, el duelo y los remordimientos: la tristeza del loco. Kawabata utiliza ejemplos sencillos para subrayar la tendencia proteccionista a borrar toda vulnerabilidad o al menos ocultarla, no solo en lo privado o lo familiar. La dignidad o el honor pueden parecer valores caducos, aunque en realidad se han actualizado en imagen pública y segundas oportunidades; aquí reconozco la vigencia de cuando expone tras tanta irrealidad de estampa japonesa. Que la obra no tenga una conclusión parece muy coherente con el tema, pero también es una constante en su estilo y alimenta la tesis del suicidio. Aunque se trata de un trabajo póstumo (abandonado), finalizado a partir de notas, no es por eso desdeñable. Por fin disponemos de traducciones directas, por eso no entiendo el motivo de que se haya omitido en la portada el reconocimiento a Tana Oshima, una omisión más. Extraña (o no demasiado, ahora que lo repaso) la privación de voz a la protagonista ausente, de la que hablan como de un difunto, salvo por los recuerdos que la conjuran y el persistente tañido; lo que entronca con la poesía elegíaca y la tragedia grecorromanas. Sobre todo cuando la portada elegida parece anular lo anteriormente dicho (me he permitido la licencia de alterar la fotografía de Viktoriia Hnatiuk, enmendando al que eligió el concepto con discutible criterio). La ausencia de acción espantará a la mayoría de los lectores presurosos (quizás queden los adoradores del teatro, los ansiosos de lo poético y los kamikazes, ventolera, de lo nipón) que se perderán una equilibrada combinación de 𝘮𝘶𝘫𝘰 (impermanencia, subrayando lo positivo de la caducidad) y el 𝘺𝘶𝘨𝘦𝘯 (sutileza profunda y misteriosa) simbolizada en los dientes de león en los márgenes del camino instantes antes de que la brisa los esparza.

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