
A diferencia de otros escritores con infinitud de trabajos aleatorios previos a sus carreras literarias, la ocupación de María Dueñas (Ciudad Real, 1964) antes de saltar a la fama como autora no es anecdótica: como doctora en Filología Inglesa, durante dos décadas se dedicó de pleno a la vida académica, una profesión que, si bien no atravesaba exactamente el mundo editorial, la situaba en su órbita.
Esta vocación intelectual se percibe en su obra: novelas que evocan épocas pasadas y territorios lejanos, con un lenguaje preciso y cuidado, que han logrado conquistar al gran público por su capacidad conmovedora universal. Así, Dueñas cuenta en su recorrido con éxitos como El tiempo entre costuras y su secuela, Sira, La templanza o Las hijas del capitán. Una lista a la que ahora se suma Por si un día volvemos, la novela en la que explora casi cuarenta años del período colonial en Argelia. Lo hace a través de los ojos de una inmigrante española, Cecilia Belmonte, quien huye de un pasado turbulento hacia un presente, en muchas ocasiones, igualmente duro, pero que no pierde sus ganas de seguir adelante. Así lo contaba ella con sus propias palabras:
Hui de un crimen involuntario.
Hui de los hombres que no me quisieron.
Hui de una guerra.
Esta es mi historia, entre España y Orán, junto al Mediterráneo.
Orán. Años 20, siglo xx. En esta ciudad africana de origen árabe, pulso español y administración francesa desembarca una joven con el falso nombre de Cecilia Belmonte. En apariencia, ha cruzado el Mediterráneo para escapar de la miseria, como tantos compatriotas. Su razón, sin embargo, es más turbia.
La urgencia por sobrevivir la obliga a dejarse la piel en plantaciones y lavaderos, como empleada doméstica y operaria de fábrica a destajo. Hasta que una madrugada, en la tabaquera Bastos, participa en un delito por el que paga con su sometimiento a un hombre despreciable. Su entereza será lo que la libere y le aporte el coraje para rehacerse y emprender un camino en ascenso, repleto de quiebros, logros y desafíos a lo largo de tres décadas vibrantes.
Esta es la historia de una mujer que vivió el auge colonial y el trágico fin de la Argelia francesa. Y, en paralelo, sus páginas rescatan la memoria de los desconocidos pieds-noirs españoles que, arrastrados por la emigración y el exilio, formaron parte de aquel mundo.
Vuelve María Dueñas, autora de la inolvidable El tiempo entre costuras, con una nueva novela que te cautivará.
No, para nada. Realmente no sabía dónde me veía, porque la salida más común para las filologías en general y para la inglesa en particular era la enseñanza, pero yo no quería enseñar. Me llamaba porque me apetecía salir al mundo, irme una temporada a conocer cosas, aunque luego quería volver. Cuando terminé la carrera, me fui a Estados Unidos y estuve allí unos años. Empecé a trabajar en una universidad y luego regresé a España.
No, de hecho, tardé mucho en ponerme con la ficción. Me pasé veinte años de carrera académica escribiendo mucho, pero eran artículos, tesis, proyectos docentes que nada tenían que ver con la ficción. Eso sí, me dieron buenas herramientas para manejar la lengua. Cualquier cosa que te obligue a escribir constantemente te hace ganar músculo. Sobre todo, en mi caso, escribir para revistas académicas propuestas que luego tenían que ser evaluadas me empujaba a ser más rigurosa, más precisa.
Pues las dos cosas. Me interesa menos la época moderna porque al estar todavía en ella no tenemos la distancia suficiente para tratarla como a mí me gustaría. Pero, además, la documentación me atrae porque me da la sensación de que con ella abro nuevos mundos, pedazos de nuestra historia poco tratados. Y a mí, que soy muy curiosa intelectualmente, me interesa aprender sobre esos mundos... y pienso que a los lectores también.
Siempre me sale primero el contexto histórico, o más bien las coordenadas geográficas, diría. Unas veces vienen de la mano y otras se suceden, y luego ya nacen los personajes y sus peripecias. En el caso de Por si un día volvemos, yo tenía claro que quería explorar Orán antes de saber que lo haría a través de Cecilia.
Fui con mis editoras, que son mis amigas también, de la mano del Instituto Cervantes. Desde allí eran cómplices de que, en realidad, queríamos desplazarnos para investigar para una novela. Pero, puesto que era un secreto aún, fuimos con la excusa de dar una charla sobre mis libros allí. Yo llegué con mucho trabajo de investigación y de documentación ya hecho. Tenía miles de fotos, planos, lecturas; había hablado con gente que había vivido allí; sabía más o menos los territorios por donde quería que se moviese Cecilia, pero, claro, quería visitarlos por mí misma. Gracias al Cervantes tuvimos un guía magnífico, un chico argelino que hablaba muy buen español, estaba muy familiarizado con la cultura española y sabía mucho de la historia de los viejos españoles en Orán. Fui con todo mi Orán de la novela en la cabeza a recorrer los sitios que había previsto, pero sobre la marcha descubrí otros nuevos, cambié de idea, me di cuenta de algunas cosas… En general, fue muy estimulante.
Realmente me dedico con mucho esmero al tema de la adjetivación, siempre hago un gran esfuerzo por huir de la obviedad. Al fin y al cabo, si estamos hablando sobre un amanecer, no diré que es precioso, porque casi todos los amaneceres lo son, así que no es útil. Trato de buscar un adjetivo que nos diga algo más, que sea menos manido. Aunque luego intento minimizarlos para que las descripciones no se hagan muy pesadas.
Me resulta muy cómodo para dar voz a mujeres: me puedo meter en su cuerpo y en su alma. El tiempo entre costuras y Sira son en primera persona. Misión Olvido es una novela más fragmentaria y hay distintas voces, pero las partes en las que el protagonismo es de Blanca son en primera persona. En Las hijas del capitán no, porque hay múltiples protagonistas y el foco se va moviendo en tres dimensiones. Y La templanza no es en primera persona porque el protagonista es un hombre, y me da un poco de respeto meterme en el pellejo de un hombre, hablar por él.
Voy a hacer una confesión: no, yo no sufro con ellos, pero me siento responsable de ellos. Como he dicho, vivo las historias muy intensamente, pero pienso más en cómo los voy a ubicar y a reubicar que en sus sentimientos, porque sé cuáles son, no me sorprenden. Siempre me ha hecho mucha gracia cuando otros autores me dicen que a medida que van escribiendo les sorprende lo que hacen sus personajes. A mí no: a veces se me escapan un poco, pero no suele ocurrir mucho.
Ese es mi objetivo, ¿no? Que mis personajes sean capaces no solamente de vivir aventuras y desventuras, sino que despierten emociones en los lectores.
Sí, porque, aunque esos momentos los imagino yo, al fin y al cabo, igual que la violencia de entonces era dura, también lo era la resistencia, la ayuda que las mujeres se prestaban unas a otras. Unas veces entre amigas y otras entre desconocidas; en algunas ocasiones con cosas grandes y en otras con algo pequeño. Quien sea te da una tela, te ofrece un trabajo, te acerca el almuerzo del mediodía para que no desfallezcas del hambre o te ayuda cuidando a tu madre enferma. Las mujeres están ahí y no solo para ayudar a Cecilia, sino también para echarse una mano entre ellas. No se entendía como lo hacemos ahora, no se hablaba de sororidad ni se ejecutaba desde una asociación feminista. Pasaba de manera orgánica, natural, y creo que es bonito reconocerlo como tal. El instinto de colaborar siempre ha estado ahí.
María Dueñas ha sido la última invitada de la segunda temporada de ¿Te quedas a leer?, el pódcast de PlanetadeLibros en colaboración con El Terrat. En cada episodio, Bárbara Goenaga y Esti Gabilondo invitan al estudio a autores del momento para charlar sobre sus libros y lecturas, hacer un poco de “salseo” literario y pasar un rato agradable con muchísimo humor. Esta entrevista resume los mejores momentos del episodio, que puedes recuperar íntegro en nuestro canal de Youtube:
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