Drácula podría considerarse ya un clásico de la literatura dentro del género gótico, donde el terror, el amor y la incertidumbre se entremezclan; una novela de vampiros que sentó las bases para con este tipo de criaturas, tras una concienzuda investigación por parte del autor, recuperando mitos y leyendas alrededor de personajes históricos desde el siglo XV.
Jonathan Harker, abogado, viaja a Transilvania para hacer llegar al Conde Drácula las escrituras de la casa que acaba de comprar al Este de Londres. El viaje hasta el castillo ya ha sido un tanto sobrecogedor: los lugareños de los pueblos de la zona le han prevenido sobre la mala idea de visitar al conde y una mujer le ha regalado un crucifijo que le servirá de protección (aunque en ese momento no sepa contra qué). El conde lo recibe a las puertas de su ruinosa fortaleza y, aunque de primeras todo son buenas palabras y un trato exquisito, las acciones del anfitrión son cada vez más… desconcertantes. Todo toma un giro más que aterrador cuando Jonathan descubre que está encerrado en el castillo y que el conde está preparando su viaje a Inglaterra sin permitirle regresar antes o junto a él.
Aunque todos conocemos el nombre de Drácula, y a nadie le sorprende que la novela sea 100% sobre vampiros, esta ha sido mi primera incursión en este clásico de la literatura, sin haber visto, incluso, las adaptaciones cinematográficas más aplaudidas como Nosferatu (cine mudo), estrenada en 1922 o la del conocido director, Francis Ford Coppola, en 1992.
Lo que más caracteriza a la obra es su narrativa epistolar, es decir, a través de cartas, diarios o artículos de periódicos. Esto llama la atención, ya que el propio Drácula no interviene directamente como un personaje, sino que vemos sus actos a través de todos los protagonistas, testigos de lo que el conde hace desde nuestro primer encuentro con él en el castillo, hasta que reaparece en Londres y todo lo que allí acontece. Incluso, para poder aportar información sobre el estado de Lucy, uno de los personajes femeninos, el autor envía a su prometido a cuidar de su padre para que un amigo pueda enviarle cartas informando de todo.
La narrativa es muy fluida. Siendo una novela escrita a finales del siglo XIX, esto no complica su lectura, que te engancha desde el inicio y no te das cuenta del avance, página tras página, con la curiosidad por saber qué está ocurriendo y cómo van a salir de embrollo en el que están metidos.
Otro punto a su favor es la construcción del personaje de Mina, la esposa de Jonathan Harker, que dista mucho de ser la mujer convencional de la época; quizá porque no pertenecía a la alta sociedad hasta que su marido no alcanzó un estatus social elevado tras la muerte de su socio. Su determinación e inteligencia será clave para que los personajes masculinos se organicen e inicien una caza contra el conde Drácula.
Creo que lo menos positivo de la trama son las excesivas descripciones sobre el amor que sienten todos hacia las dos mujeres protagonistas, Lucy y Mina, y la sobreprotección que necesitan al ser seres muy delicados. Nos lleva a pensar, con ello, que todos podrían estar enamorados de ambas a medida que avanza la trama.
En definitiva, Drácula sigue siendo un clásico de la literatura con una trama capaz de igualar a las novelas actuales, pero con ese punto narrativo de finales del XIX que la convierte en una lectura imprescindible.