Esta historia es como un calendario recien colgado, inicia un nuevo ciclo, lleno de buenos própositos, incluso retos, en el que todos inaguran una segunda oportunidad, hasta el caballito. El baile de la Victoria (como le gusta que la llamen) es original: ¡cómo se puede bailar la poesía! Es una coreografía inspirada por los versos de la Mistral (fallecida en enero del 57), que armonizan con la esencia de la novela: la constante alternancia de esperanza y miedo, vida y muerte, sueño y realidad. Además tiene un significado alegórico de triunfo ante la adversidad, de exaltación y confianza en el futuro. Ingredientes de thriller (asesinos, un gran robo sangrienta venganza), cuerpo de novela romántica (una pasión intensa, desbordante, condenada por las fuerzas del destino), aderezo de denuncia sociopolítica (transición no concluída) y un toque picantón, conforman este "completo" chileno. Pero, en verdad, lo que le da fuerza al plato es el afán de unos personajes desarraigados y solos por seguir adelante y cumplir sus sueños; por doquier se siente la necesidad de superar el pasado, en un país que pugna por reconstruirse. La prosa de Skármeta es sensible y sencilla. Hay en ella poesía, humor, frases lapidarias, guiños y gracejos culturales, y la ciudad, Santiago de Chile, no es sólo un escenario sino otro protagonista. Tiene la habilidad de captar la vida y las relaciones humanas: amor, amistad y camaradería, con instantes intensos (el examen o el suceso en el cine) y un emocionante galope final, que no deja indiferente. Quizás adolezca de inconsistencias, lugares comunes, erratas y precipitaciones, enumeraciones muy largas (no voy a seguir), pero todo eso importa un rabanito, «como dicen los jovenes chilenos de hoy: "me vale callampa".» La historia de Ángel, Victoria y Vergara Grey, modernos Robin Hood a ritmo chileno, conceden justicia poética al menos al dinero procedente de las celdas de tortura.