Complejidad y singularidad son las palabras que mejor describen a Kalpa imperial. Pero no es por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta; su maestría radica en su parte más estructural: en el lenguaje, en la elección del narrador, en su protagonista y en sus mensajes. Los hechos que suceden en los relatos pueden recordarse con mayor o menor precisión, incluso podrían llegar a olvidarse, sin que eso afecte al gran impacto que genera esta antología. Es una obra en la cual la historia en sí es solo la base que sustenta un ejercicio de escritura maravillosamente bien ejecutado a través del cual la autora te lleva por donde quiere y tú te dejas arrastrar. Porque, al final, te quedas con el conjunto de lo que se pretende transmitir, de las ideas que hay detrás de cada párrafo y con la sensación de haber hecho un viaje por tierras y épocas que, aunque seas incapaz de determinar, no nos son tan lejanas.
Tal es su genialidad que es imposible de catalogar en un único género literario. Se asocia, por lo general, con la fantasía porque tiene esa atmósfera de mundo imaginario, pero también presenta las características propias de la distopía, la narrativa histórica y el ensayo. Lo que hace Angélica Gorodischer es mostrarnos la vida de un imperio, con todo lo que ello implica. A lo largo de sus páginas somos testigos de su evolución, de sus caídas y progresos, de intrigas y de las diferentes culturas y corrientes de pensamiento que lo van moldeando. De ahí parte esa mezcla de géneros, de convertir al universo que ha creado en el verdadero protagonista de la historia y a los personajes que aparecen en instrumentos secundarios cuya función es nutrir de información y construir así la imagen del Imperio.
Otro elemento que le aporta originalidad es el narrador. Los relatos los cuenta un contador de cuentos a un público, al cual se dirige directamente, logrando crear esa ilusión de que los lectores formamos parte de la audiencia. Con su labia, su discurso bien preparado y su ingenio, no deja de interpelar, de llamar la atención hacia los aspectos que le interesan, de cuestionar e, incluso, de mofarse de la gente que lo está escuchando. Se trata de una puesta en escena, un espectáculo que la autora utiliza para analizar el funcionamiento de las dinastías, la manera en la que el significado del poder varía según quién lo ostenta y para qué, la relación no tan clara entre intención y consecuencia y los anhelos del pueblo y de los individuos, entre otras muchas cosas. En definitiva, nos habla de la historia de una nación.
Eso sí, la forma tan peculiar en la que se expresa el cuentacuentos hace que el estilo narrativo sea complejo. El libro se puede seguir sin problemas, pero su ritmo es pausado y la construcción de las oraciones exigente, pues son frases largas, con un lenguaje un tanto enrevesado en algunas ocasiones y párrafos que pueden ocupar una página entera. Pero es un esfuerzo que merece la pena.
Para mí, Kalpa imperial representa muy bien la teoría del iceberg: en la superficie solo podemos ver una pequeña parte, mientras que en las profundidades del texto se oculta una masa enorme de tesoros por descubrir.
Es curioso el efecto que este libro tuvo en mí. Apenas leí las primeras páginas supe que iba a olvidar cada uno de los relatos, y así ha sido. Recuerdo vagamente algunos momentos, pero no podría decir qué ocurre concretamente en ellos. Sin embargo, conforme fui avanzando y empecé a ser consciente de las capas que tenía y de su envoltorio, me fascinó y me vi atrapada entre sus redes hasta tal punto que estuve un mes sin poder salir de ahí. Tanto es así que se ha convertido en uno de mis libros favoritos del 2026.
Para muestra de lo que es este libro, me quedo con esta cita:
«Quiero decir que las gentes no viven para ser, o tratar de ser, las mejores personas posibles, sino para agregar a su nombre títulos sonoros, secos y vacíos, ropajes falsos e innecesarios que terminan por suplantar a quienes aplastan y roban».