‘Nada bueno germina’ supone el regreso de César Pérez Gellida, y con ella pone el punto final a la bilogía que comenzó con ‘Bajo tierra seca’, novela que le valió el Premio Nadal 2024. En esta segunda entrega, el autor lleva al extremo todos los elementos que definieron la primera parte, y firma una historia que combina la intensidad del thriller rural con la oscuridad de la novela negra más clásica, ofreciendo un cierre tan contundente como satisfactorio.
En la España de principios del siglo xx, Sebastián Costa y Antonia Monterroso huyen con la promesa de un futuro al otro lado del Atlántico. Él, un veterano de guerra convertido en atracador; ella, una mujer forjada en la supervivencia y la ambición. Pero las deudas con el pasado nunca quedan saldadas. Entre la persecución de quienes ansían verlos caer y las grietas que se abren entre ellos, la duda se cierne sobre su vida: ¿hasta dónde estarán dispuestos a llegar para ser libres?
La acción transcurre en 1918, en un país sumido en la miseria, la enfermedad y la desigualdad social. Este contexto histórico —una España marcada por la pobreza tras el desastre colonial y en plena pandemia de gripe— se convierte en un elemento clave, no solo como escenario, sino como fuerza que condiciona cada movimiento de los protagonistas. Cada decisión, cada acto, se ve condicionado por un entorno en el que la vida no vale nada, y la justicia resulta un concepto ajeno; por ello, para sobrevivir, hay que cruzar constantemente los límites de la moral.
Sebastián Costa y Antonia Monterroso forman una pareja literaria que recuerda inevitablemente a los míticos Bonnie and Clyde. Una pareja tan fascinante como peligrosa, ambos encarnan la lucha por la supervivencia en su forma más cruda. La relación entre ambos es el eje emocional de la novela: una alianza marcada por la pasión, la necesidad y una desconfianza que nunca desaparece del todo.
Sebastián Costa es un personaje moldeado por la violencia. Su pasado como soldado en las guerras coloniales lo ha convertido en un hombre endurecido, con un código ético que se tambalea cada vez que la realidad lo obliga a elegir entre su conciencia y su supervivencia. Su sentido de la justicia y sus principios chocan constantemente con la necesidad de tomar decisiones moralmente cuestionables para seguir adelante. A lo largo de la novela, se enfrenta no solo a enemigos externos, sino también a la imposible tarea de huir de sí mismo. Busca, quizá de manera inconsciente, una forma de redimirse, aunque sabe que en un entorno tan brutal como el que le rodea, la redención puede ser un lujo inalcanzable.
Frente a él, Antonia Monterroso brilla con luz propia, revelándose como uno de los personajes femeninos más potentes de la narrativa de los últimos años. Superviviente nata, ambiciosa, y tan seductora como letal, es capaz de despertar al mismo tiempo admiración y desconfianza. Su capacidad de adaptación la convierte tanto en una aliada imprescindible como en una amenaza latente. Su magnetismo reside precisamente en esa dualidad: puede ser víctima o depredadora según lo exija la situación. Ella es, en muchos sentidos, el auténtico motor de la novela, un personaje que eclipsa a quienes la rodean por su magnetismo y su complejidad psicológica. En un universo narrativo donde los hombres suelen recurrir a la fuerza y la violencia para imponerse, las mujeres, como Monterroso, avanzan gracias a su astucia, su determinación y su capacidad para leer a los demás.
El resto del elenco no se queda atrás. Gellida construye un universo tan sombrío como fascinante. Los personajes secundarios aportan profundidad a un mundo en el que la línea que separa el bien del mal es, en el mejor de los casos, difusa. A ello se suma la inclusión de personajes históricos reales, como el policía Fernández-Luna, conocido como el “Sherlock Holmes español”, uno de los primeros en introducir técnicas modernas de investigación policial en España, y que anclan aún más la novela en un contexto histórico verosímil.
Gellida reconstruye con enorme precisión la España de principios del siglo XX, una tierra devastada por el hambre, la gripe y la desigualdad. El entorno rural de ‘Bajo tierra seca’ deja paso al mundo urbano en ‘Nada bueno germina’. La huida de Costa y Monterroso a través de varias ciudades – Jaén, Córdoba, Madrid, Valladolid – permite al autor mostrar como la miseria y la violencia no distinguen entre campo y ciudad. Este paisaje no es un simple decorado: es un entorno que asfixia y empuja a sus habitantes al borde del abismo. Cada paso en la huida intensifica esa sensación de desesperanza y fatalidad. La violencia que atraviesa la novela no es gratuita ni efectista, sino una consecuencia lógica de un sistema que ha abandonado a su suerte a quienes menos tienen. El autor, además, no elude los riesgos: toma decisiones narrativas dolorosas, como él mismo señala en la nota final, pero totalmente coherentes en el desarrollo de la historia.
El ritmo de la trama es implacable. Desde las primeras páginas el lector se ve arrastrado por una serie de persecuciones y giros que apenas permiten tomar aliento. Cada capítulo va incrementando la tensión de manera paulatina, haciendo muy complicado escapar de la espiral de acción y muerte en la que nos ha sumergido el autor. Un estilo seco, descarnado y directo multiplica esa sensación de crudeza que envuelve la historia.
‘Nada bueno germina’ explora los límites de la moral y el precio de la libertad en un cierre que no solo funciona como conclusión de la historia de Costa y Monterroso, sino como una reflexión sobre la condición humana cuando se ve empujada más allá de sus propios límites. Novela que deja huella por su crudeza y que confirma bajo tierra seca…nada bueno germina.