Leer Pucking Around es ponerse unos patines por primera vez con el corazón acelerado: te puedes caer, reír, pegar un giro sorprendente —y al final del primer recodo quieres volver a subirte. Emily Rath planta su historia en el universo del hockey y lo convierte en escenario de descubrimiento sexual, decisiones complicadas y una familia que se construye a golpe de deseo y honestidad. La premisa es directa: Rachel Price, doctora en medicina deportiva, entra en el mundo de los Jacksonville Rays y se enreda, sin quererlo del todo, con varios jugadores del equipo.
Rachel Price es el centro del huracán: una profesional competente, con un pasado que la marca (y un apellido con peso mediático) y una mezcla deliciosa de inseguridad y descaro. A su alrededor orbitan Jake Compton, Caleb Sanford e Ilmari Kinnunen —cada uno con su voz, su hueco y su forma particular de querer— y lo bonito del libro es cómo Rath les da a los tres hombres identidad propia en vez de convertirlos en “trofeos” intercambiables. La tensión sexual es explícita, abundante y muchas veces catártica, sí; pero también hay fragilidad: celos, miedos a no ser suficiente, y la pregunta recurrente de cómo construir una relación no normativa en un mundo que espera monogamia.
Si tuviera que usar una metáfora, diría que Pucking Around es un partido a tres bandas: el tablero es la pista, las reglas se debatirán en el vestuario y la grada —la sociedad, la prensa, la familia— observa y opina sin entender del todo lo que pasa sobre la pista. Rachel y los chicos aprenden a jugar sin guía escrita; aprenden a pasarse el puck de forma responsable, a marcar límites, a volver a defender cuando hace falta y a celebrar los goles pequeños: una conversación sincera, un “te quiero” dicho sin miedo, una tarde entera sin fingimientos.
La novela no huye de lo explícito: las escenas eróticas son abundantes y están pensadas para quienes disfrutan de la “spicy” integrada en la trama. Pero Rath también mete el pie en temas reales: imagen pública, profesiones exigentes (la medicina deportiva no es un decorado), la presión del deporte profesional y cómo todo eso afecta la intimidad. Hay momentos de comedia ligera —Rachel dejando mirando a todo el equipo por un comentario sarcástico— y otros que te dejan la garganta apretada, cuando aparecen inseguridades profundas o prejuicios externos.
Técnicamente, el libro es largo (es un volumen generoso en páginas), y eso tiene sus efectos: los lectores que buscan ritmo trepidante pueden sentir capítulos de más; los que disfrutan de la inmersión en personajes disfrutan encontrando matices y escenas de “after” que alargan el placer narrativo. En cualquier caso, el tono de Emily Rath es conversacional, a veces irreverente, siempre cercano —esa voz hace que perdones escenas que podrían sentirse redundantes, porque la autora sabe recompensar con desarrollo emocional.
Y ahora, la parte que importa: qué se siente al leerlo. Hay calor —mucho calor—, sí, pero también hay ternura. Hay rabia contenida que explota en escenas sinceras y reconciliaciones que no son instantáneas sino trabajadas. En la mejor de las lecturas, el libro te deja con la sensación de haber asistido a la creación de una familia elegida: imperfecta, ruidosa, capaz de poner reglas y de reírse de sí misma. Y en la peor (para quien no conecte con el formato), puede quedarse como una sucesión de escenas subidas de tono que ralentizan la trama principal.
En resumen: Pucking Around es un partido largo y entretenido donde la estrategia romántica va cambiando minuto a minuto. Rachel, Jake, Caleb e Ilmari no te dejarán indiferente: te cabrean, te derriten y, cuando menos lo esperas, te hacen creer que el amor puede jugar con reglas distintas y aun así —o precisamente por eso— ganar.