A veces una novela que aparece de nuevo en el panorama literario, te devuelve a un verano remoto, a una lectura especial. Es una de mis autoras más admiradas. Años después lo he releido con la necesidad de darle voz a la protagonista. Quiza desde una terraza, ella nos contaría su historia…
“Esta mañana, al abrir las contraventanas y dejar que el sol se colara por los cristales, he recordado aquel verano de días sin reloj . ¿Recuerdas cómo nos reíamos entonces? sin medida.
Entonces vivía con mi padre en una casa blanca, inclinada hacia el mar. Él, como era, con esa forma de no enredarse en nada ni con nadie. Y yo, tan joven todavía, tan dispuesta a creer que la libertad consistía en no mirar hacia atrás. Éramos un dúo extraño, pero armónico. Cada cual con su espacio, su secreto, su complicidad intacta.
Hasta que ella llegó.
Ella nos trajo ese silencio elegante de quienes saben mirar sin alardes. ¿Recuerdas que era una amiga de mi madre? pero también era todo lo que yo no era, discreta , sabia, segura. Y eso, internamente, me desarmó. O me desató, no lo sé.
Lo cierto es que vi en ella una enemiga no solo para mi padre, sino para esa burbuja donde yo creía vivir a salvo del mundo. Entonces tejí desde mis diecisiete años, un juego cruel. No por maldad, creo ahora, sino por miedo. Por ese deseo irracional de proteger lo que, quizá, nunca estuvo en peligro. Y lo rompí. Todo. Después de aquel verano ya no volvió la risa como antes. Tampoco la inocencia. Y no era una tristeza cualquiera. Era descubrir algo más profundo, la fragilidad de lo que creía seguro. La tristeza vino con la conciencia de que los lazos humanos son inestables, que a veces dañamos sin querer ,por miedo, por deseo, por no saber estar solos, y que hay cosas que, una vez rotas, ya no encuentran vuelta atrás.
Espero que hoy me comprendas”