La infancia de Andrés Sopeña Monsalve no discurre por el mágico y seguro sendero que la televisión ilumina: no la había entonces. Así de dura estaba la cosa. Carente de tacataca moral,
de asidero axiológico, fue fácil presa para la educación nacionalcatólica, pese a que no era un niño de carácter ecuánime, como otros.
Un General Eléctrica Española de 17 pulgadas, adquirido por su familia en incómodos plazos cuando contaba con once años de edad —cumplidos en octubre-—, vino a paliar en parte el desaguisado y liberole de un destino ligeramente superior al reservado al paramecio. En la actualidad es casi normal y reside en Granada, de cuya Universidad ha sido profesor.
Hace 20 años, y sin que nadie de su entorno recuerde haberle hecho la más mínima insinuación, puso por escrito su lejana memoria de aquella época increíble, lo que resultó en este ensayo o lo que quiera que sea. Abocado a la soledad tras el lógico distanciamiento de familiares y amigos, entretuvo después sus ocios con la escritura de otro libro, La morena de la copla (Crítica, 1996), cuyo subtítulo, La condición de la mujer en el reciente pasado, casi aclara de qué va. Perdido ya para la causa de la cordura y de la vida honesta y hogareña, todavía osó perpetrar ¡Tente, iracundo otomano! (2001) un libro-tebeo de muy simpática apariencia y muy malas intenciones sobre el héroe de la infancia de varias generaciones de españoles, el Guerrero del Antifaz, lo que, para remate, le granjeó la animosidad de gente que no lo conocía de nada.
Es, eso sí, una de las pocas personas que sabe lo que significa pensil.