Emmylou tiene dieciocho años, acaba de terminar el bachillerato y necesita marcharse. La muerte de Morgane, su mejor amiga, la ha dejado tocada y seguir en Bretaña, haciendo la misma vida de siempre, no parece una opción demasiado apetecible. Cuando surge la posibilidad de trabajar como au pair en Inglaterra, acepta.
El plan, sobre el papel, es perfecto: aprender inglés, ganar algo de dinero, preparar el acceso a la escuela de periodismo y poner distancia con todo aquello de lo que quiere escapar.
Así llega en 1996 a Hidden Grove, una pequeña urbanización privada al norte de Londres. Cinco casas enormes, prácticamente idénticas, familias con mucho dinero, jardines cuidados al milímetro, coches de lujo y una gran verja que separa el recinto del exterior.
Sus nuevos jefes son James y Monica White. Tienen dos hijos, Lewis y Simon, y Emmylou no tarda en pensar que ha tenido muchísima suerte. La sensación dura poco.
Todo lo vemos a través de ella y creo que aquí está una de las claves del libro: si Emmylou acaba sacándote de quicio, la lectura puede hacerse cuesta arriba.
Cotillea, escucha conversaciones que no debería escuchar, abre cajones, se fija en detalles aparentemente insignificantes y se hace preguntas constantemente. Tiene, además, una imaginación bastante bien alimentada por Stephen King, Richard Matheson y Bret Easton Ellis. Digamos que no son precisamente las lecturas que yo escogería para convencerme de que ese ruido que acabo de escuchar en mitad de la noche no significa nada.
A veces Emmylou acierta al desconfiar. Otras interpreta lo que sucede desde los prejuicios y la inseguridad de una chica de dieciocho años que acaba de aterrizar en un país que no conoce y cuyo inglés todavía deja bastante que desear.
Y durante muchas páginas esto funciona porque nosotros tampoco sabemos muy bien qué creer.
¿Qué ocurre realmente en Hidden Grove? ¿Por qué hay asuntos sobre los que nadie quiere hablar? ¿Qué le pasa a Lewis? ¿Por qué resulta tan complicado relacionarse con las otras au pairs? ¿Y por qué algunas normas de los White empiezan a resultar cada vez más difíciles de explicar?
Una de las cosas que más me gustaron al principio es que Sidonie Bonnec no tiene prisa por convertir todo esto en una amenaza evidente. Antes nos mete en la rutina.
Emmylou prepara desayunos, limpia cuartos de baño, plancha una cantidad de ropa que ya cansa solo de leerla, cuida a Simon, intenta acercarse a Lewis y estudia cuando consigue encontrar un hueco.
Y en medio de todo eso aparecen pequeñas cosas que no encajan: una conversación que no entiende del todo, una prohibición que nadie presenta exactamente como una prohibición. Una puerta cerrada, una explicación que llega demasiado rápido o algo que estaba en un sitio y después ya no.
Hidden Grove ayuda bastante. Las cinco viviendas casi iguales, la poca relación con el exterior y unos vecinos que parecen compartir más de lo que cuentan hacen que la sensación de aislamiento vaya creciendo sin necesidad de que ocurra algo grave en cada capítulo. A veces basta con dejar una pregunta sin respuesta y continuar con el desayuno del día siguiente.
Bonnec escribe de manera sencilla y muy pegada a la voz de su protagonista. Los capítulos son cortos y Emmylou habla como una chica joven: puede ser brusca, irónica, exagerada, indiscreta y bastante ingenua. Eso me gustó.
Estamos dentro de la cabeza de Emmylou mientras todo sucede, lo que supone acompañarla cuando se equivoca. Y, creedme, se equivoca bastante.
El problema es que pasar tanto tiempo dentro de su cabeza acaba teniendo un precio. En la parte central empieza a repetirse un mecanismo parecido: Emmylou descubre algo extraño, se asusta, sospecha, encuentra alguna explicación que podría tranquilizarla, intenta convencerse de que está imaginando cosas y, poco después, sucede algo nuevo que la devuelve al punto de partida.
No diría que la novela sea lenta. Los capítulos breves hacen que se lea con bastante facilidad. Pero el ritmo no me funcionó igual durante todo el libro. El comienzo despierta pronto la curiosidad y el último tramo acelera muchísimo. Entre ambos hubo una zona en la que algunas incógnitas empezaron a alargarse más de lo que me habría gustado.
Y llega un momento en el que resulta inevitable preguntarse: ¿por qué Emmylou no se marcha?
O, como mínimo, ¿por qué no empieza a hacer preguntas mucho más directas?
Hubo momentos en los que me desesperó. Bastante.
Porque nosotros estamos viendo determinadas señales y solo queremos que haga algo. Que pregunte. Que se plante. Que deje de aceptar ciertas explicaciones.
Luego intentaba ponerme en su lugar.
Tiene dieciocho años, apenas dispone de dinero, está sola en otro país y depende de esa familia para tener alojamiento. Necesita aprender inglés y está obsesionada con preparar sus exámenes de periodismo.
Pero hay algo más que, para mí, explica mejor por qué tarda tanto en aceptar que puede estar metida en un problema: Emmylou quiere pertenecer a ese mundo.
Procede de una familia humilde y llega a Hidden Grove completamente deslumbrada. Le impresionan la casa, los coches, la ropa, la forma de comportarse de los White, la educación de sus hijos. James se interesa por sus estudios y por sus aspiraciones de una manera a la que ella no está acostumbrada. Monica representa durante un tiempo una forma de vida que admira.
Por eso tampoco resulta tan sencillo asumir que aquello que tanto le gusta quizá no sea lo que parece.
De hecho, hubo momentos en los que me interesaba más ver cómo iba cambiando Emmylou que descubrir qué demonios estaba ocurriendo en Hidden Grove.
Porque ella tampoco sale especialmente bien parada. Juzga mucho. Es curiosa hasta extremos bastante discutibles. Puede ser egoísta, desprecia demasiado deprisa a algunas personas e idealiza a otras. Incluso siente vergüenza de su propia familia.
No todos los secundarios me han funcionado igual.
Monica me pareció bastante más interesante de lo que esperaba al principio. Tiene cambios de comportamiento difíciles de interpretar. Puede estar completamente volcada en sus hijos y poco después tratar a Emmylou con una frialdad que desconcierta. Durante mucho tiempo cuesta saber cuánto de lo que vemos responde simplemente a su carácter y cuánto tiene otra explicación.
James ocupa otro lugar. Es agradable con Emmylou, conversa con ella, se interesa por sus estudios y consigue que se sienta valorada.
Y si alguien consigue que te sientas importante cuando vienes de un lugar donde tienes la sensación de que nadie escucha demasiado lo que quieres hacer con tu vida... es bastante fácil bajar la guardia.
Luego está Lewis. Probablemente sea el secundario que más inquietud me produjo durante buena parte del libro.
Bonnec ni siquiera necesita hacerlo hablar demasiado. Su enfermedad, su comportamiento, sus lecturas y, especialmente, el extraño silencio de los adultos cuando Emmylou intenta averiguar qué le ocurre hacen buena parte del trabajo.
Cada vez que aparecía Lewis, prestaba atención.
También me parece un acierto que Morgane no desaparezca en cuanto la historia se traslada a Inglaterra. Su muerte podría haberse utilizado simplemente para explicar por qué Emmylou quiere largarse de Bretaña y asunto resuelto. Pero no. Escribe para ella, sueña con ella, recuerda su suicidio y continúa haciéndose preguntas.
Ese duelo sigue ahí mientras todo lo demás sucede y ayuda a entender bastante mejor el estado en el que Emmylou llega a Hidden Grove.
Mis mayores dudas llegaron en la segunda mitad.
A medida que Bonnec necesita acercarnos a las respuestas, algunas pistas empiezan a estar más señaladas.
Antes de empezar a leerlo me había llamado mucho la atención encontrar opiniones completamente enfrentadas. Había lectores que aseguraban no haber visto venir absolutamente nada y otros que decían haber descubierto muy pronto una de las claves del misterio.
Después de terminarlo, entiendo perfectamente a los dos grupos.
Las pistas están ahí. Algunas pasan bastante desapercibidas y otras, si lees thriller con frecuencia, pueden hacerte sospechar antes de tiempo. A mí hubo cosas que empezaron a rondarme por la cabeza bastante pronto.
Eso no significa que supiera todo lo que estaba pasando. Y menos mal.
En el último tramo el ritmo se acelera muchísimo. Después de tantas páginas acumulando preguntas, las respuestas empiezan a llegar casi una detrás de otra. Llegué ahí con ganas.
No voy a contar nada más porque esta es una de esas novelas en las que puedes soltar un detalle aparentemente inocente y cargarte una sorpresa sin darte cuenta.
Tengo claro que el desenlace va a dividir.
A mí hubo cosas que me funcionaron mejor que otras. Algunas explicaciones encajan muy bien con lo que hemos ido viendo; otras, una vez terminado el libro y pensadas con calma, me cuesta comprarlas del todo.
Me había gustado más cuando encontraba algo raro, lo dejaba delante de Emmylou y nos permitía sacar nuestras propias conclusiones. Pero seguía queriendo saber.
Hubo una zona central en la que algunas dudas empezaron a alargarse y, aun así, nunca tuve la sensación de estar leyendo únicamente porque ya había llegado demasiado lejos y quería terminar de una vez. Quería respuestas.
Con Emmylou me pasó algo parecido. Hubo momentos en los que me desesperó y pensé: «Pero haz algo, mujer».
Después volvía a recordar que tiene dieciocho años, que está fuera de su entorno y no dispone de medios. Eso no justifica todas sus decisiones, al menos para mí. Pero ayuda.
Y probablemente ahí esté una de las razones de que «El secreto de la niñera» haya provocado opiniones tan distintas. Entiendo a quien se lo haya leído casi del tirón y también a quien haya empezado a perder la paciencia por el camino. Yo estuve más cerca del primer grupo.
El final tiene fuerza y explica muchas de las cosas extrañas que hemos ido encontrando.
Que todas las respuestas convenzan de la misma manera ya es otra cuestión. Ahí creo que tendremos conversación..
Narrada en Instagram: (arroba)letters.on.the.wind