Afirmaba Italo Calvino que “un clásico es un libro que nunca ha terminado de decir lo que tiene que decir”, y es que a poco que uno se deje llevar por el entusiasmo del que te embarga su lectura descubres que, tras casi dos siglos de su publicación, «Jane Eyre» contiene aún multitud de enseñanzas que no han perdido una chispa de vigencia, y esconde una cantidad de secretos solo comparable a los de la ominosa y al tiempo acogedora casa de Thornfield Hall.
Por ejemplo, ese trágico final que su autora contemplaba en un primer borrador, supuestamente teñido de un tono más lúgubre que el manuscrito final que ha llegado a nuestras manos. O de que la obra le sirvió de ariete con el que arremeter contra ciertos estamentos del poder de una forma sutil y velada. De que esta, en efecto, se trataba de una autobiografía del modo en que señalaba su título original. Y ya por terminar, del alucinante análisis del que sigue siendo objeto Bertha Mason, personaje en quien muchos lectores ven la encarnación de los miedos a la demencia o a la opresión de la propia Charlotte.
Pero para chula la propia Jane Eyre, la cual, con esa autoproclamada docilidad y sumisión voluntaria que de buena gana despliega en ocasiones ante determinados personajes —y la mayoría de ellos masculinos—, mezclado con ese inconformismo que desata desde que era una niña junto a la incansable búsqueda de hallar su lugar en el mundo, la dotan de una complejidad extraordinaria.
Convertida por méritos propios en uno de los grandes clásicos del período victoriano, obra emblemática de la literatura inglesa y mundialmente apreciada, «Jane Eyre» conquista por su magistral combinación de romance, misterio y crítica social, tres caballos de batalla siempre a punto, vibrantes, vigorosos, los cuales jamás desfallecen en proporcionar sobradas pruebas de su valía por medio de diálogos afilados, descripciones sugestivas y pasajes de profunda introspección psicológica en los que nos aguardan soliloquios de ansiedad espiritual, tormentas de emociones y también, aunque los menos, brillantes apuntes humorísticos que tal vez por escasos resplandecen más.