Leer La teoría de los archipiélagos es como llegar a una playa antigua: al principio crees que solo ves roca y marea, y luego te das cuenta de que bajo la superficie hay vida que palpita, historias enterradas y mapas de retornos. Alice Kellen se sale un poco de su territorio habitual para regalar una novela pequeñita pero profunda, que remueve sin estruendo y que se queda pegada en las costuras del pecho.
La historia gira en torno a Martín e Isaac: Martín es un ilustrador y escritor que, en el verano de 1980, llega a un pueblo valenciano para terminar una enciclopedia botánica y conoce a Isaac, el vecino con un jardín que parece un secreto vivo. Esa chispa entre ambos —amiga, íntima, tardía— se cuenta a dos tiempos: el verano en que todo empezó y un presente que vuelve a ponerlos frente a frente casi cuarenta años después.
Martín es un personaje de capas: inseguro, tierno, con la mirada de quien observa el mundo a través de papel y tinta; Isaac es la naturaleza hecha persona: manos en la tierra, paciencia, ese tipo de luz doméstica que ensancha el alma. La novela no necesita fuegos artificiales: sus escenas más potentes son una tarde en el campo, un dibujo que cobra sentido, una confesión torpe, un silencio que lo dice todo. Es en esas pequeñas joyas donde Kellen demuestra que la intensidad no siempre llega en volumen, sino en precisión.
La gran metáfora —la del archipiélago— es sencilla y perfecta: todos somos islas, con distancias visibles e invisibles; y, sin embargo, hay corrientes profundas que nos conectan, aunque nadie las mapee. En la novela, esa idea funciona como brújula emocional: Martín e Isaac son islas que se rozan por debajo del agua, que se buscan en la marea de los años, que se dejan huellas en la arena y, quizá, esperan volver a encontrarse. Esa imagen se queda después de leer.
Temáticamente, el libro toca cuestiones de identidad, arrepentimiento y segundas oportunidades con una sensibilidad adulta: aquí el amor no es solo pasión, es memoria, culpa y también perdón. Alice Kellen juega a desarmar y volver a armar a sus personajes con paciencia; no hay urgencias de cliché, sino el pulso lento de quienes llevan décadas aprendiendo a mirarse. Además, la novela se abre sin complejos al universo LGTBIQ+, tratando la relación con ternura y respeto, como parte natural del paisaje humano que narra.
El ritmo alternado funciona como las mareas: sube la emoción, baja la reflexión, y así hasta que las piezas encajan. Eso sí: si buscas acción frenética o giros trepidantes, esto no es lo que esperabas. La teoría de los archipiélagos es más bien una lectura meditativa, casi intimista, que pide sentarse a mirar el mar y dejar que las palabras hagan su trabajo. Algunos la encontrarán densa por esa introspección; otros, exactamente lo que necesitaban: una historia que duele bonito y te obliga a pensar en los silencios que llevas dentro.
Emocionalmente, el libro te sacude con ternura. Hay momentos que aprietan la garganta —la belleza de lo cotidiano convertida en pérdida, la nostalgia que no se marcha— y también escenas que alivian, pequeños rescates afectivos que devuelven calor. Al terminarlo te quedas con la sensación de haber sido testigo de algo frágil y valiente: dos personas que aprendieron a reconocer el vínculo, aunque el mundo les pusiera mil escollos.
En resumen: La teoría de los archipiélagos es una novela sobre volver, sobre admitir que las conexiones no siempre son visibles a la primera mirada, y sobre la valentía de regresar a la isla donde una vez fuiste feliz. No es la historia más ruidosa de Alice Kellen, pero sí una de las más sinceras: pequeña en tamaño, grande en sentimiento. Si te apetece una lectura que te haga sentir como quien desentierra una carta antigua, ésta es una buena playa donde quedarse un rato.