Leer Todo lo que somos juntos es sentarte en el sofá con una manta y darte cuenta de que la temperatura de la habitación ha cambiado: ya no hace tanto frío. Alice Kellen vuelve a traernos a un territorio conocido —el de la ternura rota y reconstruida— y lo hace con la delicadeza de quien sabe que las segundas oportunidades no se regalan, se trabajan.
Leah y Axel siguen siendo el centro de todo, pero aquí ya no son solo la pareja que se encuentra: son la pareja que aprende a sostenerse cuando aparece la rutina, cuando vuelven los miedos que creías enterrados y cuando el pasado asoma la cabeza para recordar que nada es fácil. Leah conserva esa sensibilidad artística que la define: sus heridas tienen textura, color y olor, y su proceso de curación no es lineal ni estético, es honesto. Axel sigue siendo ese remanso de calma imperfecta: protector pero humano, firme pero torpe a veces con las palabras, siempre dispuesto a permanecer.
La novela no tiene prisa por ponerlos en grandes gestas; lo valioso está en las cosas pequeñas. En una taza de café que alguien prepara sin pedir nada a cambio. En el gesto minúsculo de dejar una nota en la mesilla. En las conversaciones a deshora que van cosiendo confianza como quien cose un dobladillo invisible. Kellen escribe esas escenas cotidianas con una sensibilidad que te hace creer que el amor verdadero se compone más de detalles que de fuegos artificiales.
La metáfora que atraviesa el libro podría ser la de la restauración: imagina una casa antigua a la que le han arrancado el tejado; reconstruirla no consiste en levantar paredes nuevas sin mirar las viejas, sino en aprender a convivir con las marcas, reforzarlas, barnizarlas y, en algunos casos, dejarlas como recuerdo que cuenta la historia. Leah y Axel no borran las grietas: las reconocen, las explican y las integran en su hogar común.
Emocionalmente, Todo lo que somos juntos te hace navegar en aguas que a veces están en calma y otras, sorprendentemente movidas. Hay momentos de risa franca (esa complicidad que surge sin planearla), escenas que te pinchan el pecho (culpa, miedo a fallar, decisiones que pesan) y pasajes que funcionan como catarsis: liberadores, necesarios. La novela respeta la intimidad del lector: no obliga al dramatismo, prefiere la verdad de lo cotidiano y el drama que nace de la honestidad.
Los secundarios están bien colocados: amigos que son puentes, familia que empuja y personajes que recuerdan que el amor no se vive en una burbuja. Esa red hace que la historia de Leah y Axel no sea un enredo cerrado, sino un entramado humano en el que los actos de cuidado mutuo resuenan más fuerte que las palabras grandilocuentes.
La prosa de Kellen es cálida y directa, con destellos poéticos justo donde hacen falta. No pretende ser barroca; su belleza está en la simpleza pensada: frases que acarician, imágenes que se clavan. Y eso hace que la lectura sea cómoda y, al mismo tiempo, profunda: te lleva sin golpes, pero te deja marcado.
Si buscas un romance perfecto, aquí no lo vas a encontrar —porque no existe—. Si buscas una historia sobre cómo dos personas deciden cada día ser mejores el uno para el otro, cómo aceptan los límites, se piden perdón y reconstruyen la confianza con actos reales, entonces este libro te va a calar hondo. Todo lo que somos juntos celebra la valentía de quedarse y la belleza de aprender a hacerlo bien.
Al cerrar el libro te queda una sensación tibia: como si hubieras asistido a la reparación de algo querido. No es un final de cuento de hadas, sino algo más verosímil y, por eso, más reconfortante: la certeza de que, aunque las heridas sigan ahí, con compañía y trabajo diario pueden transformarse en parte del paisaje —y que ese paisaje, a pesar de todo, puede ser precioso.