Twisted Games es el segundo volumen de la saga Twisted de Ana Huang, y se instala en el territorio delicioso del romance real con guardias de cuerpo, secretos familiares y tensión que chispea en cada escena. Es, en esencia, una novela de princesa y guardaespaldas: Bridget von Ascheberg, heredera inesperada y acostumbrada a disfrazar su rabia con sonrisa diplomática, y Rhys Larsen, ese tipo taciturno y competente que tiene más reglas que gestos —pero cuando los tiene, te parten el corazón.
La premisa no es solo un “tropo” calentito: Bridget se ve arrastrada a una posición que no pidió —la línea de sucesión, la atención pública, las expectativas de Estado— y Rhys aparece no solo para proteger su vida, sino para proteger lo único que ella siente que aún le pertenece: su libertad íntima. Esa dinámica atrapada entre deber y deseo es el motor que mueve la novela: obligaciones por un lado, impulsos animales por el otro. El choque de ambos crea escenas de tensión fabulosa y de ternura contenida, como quien aprieta los puños para no dejar escapar una ola.
Ana Huang escribe con la mezcla perfecta de filo y afecto: no endulza a sus personajes, los deja ser ásperos cuando toca y sorprendentemente vulnerables en los momentos exactos. Rhys es el molde del “alpha serio” que, sin embargo, tiene pequeñas fisuras emocionales —esas grietas que Bridget sabe, con paciencia o desafío, cómo señalar—. Bridget es inteligente, orgullosa y aterrada; su arco va de la máscara al pulso real, y ver cómo aprende a exigir su propia voz es uno de los grandes placeres del libro.
Si buscas metáforas: Twisted Games es una partida de ajedrez en una sala de baile. Las piezas tienen nombres y linaje, pero en el tablero también hay movimientos clandestinos: una caricia que parece un jaque, una promesa que actúa como enroque, una danza que disimula la estrategia. A cada movimiento se paga un precio, y la autora se divierte mostrándote que la corona pesa, sí, pero el amor también puede ser una carga —y a la vez la única razón por la que merece la pena seguir jugando.
Emocionalmente es un libro tramposo en el buen sentido: a veces te golpea con escenas íntimas que prenden la piel; otras, con decisiones políticas y lealtades familiares que te recuerdan que no todo en la pareja es tópico romántico. Hay humor seco, hay sarcasmo afilado, hay escenas de “protección forzada” que se vuelven muy humanas, y hay un crescendo romántico que no se limita al físico: se siente en la manera en que ambos se ven, se nombran y, poco a poco, se permiten confiar.
No todo es perfecto —la novela juega con varios subplots y familiares que pueden despistar a quien quiera una trama lineal y únicamente romántica—, pero para quien disfruta de las capas (política, honor, historia familiar, sexo y ternura mezclados) la lectura es adictiva y satisfactoria. Además, Ana Huang sabe cuándo acelerar y cuándo detener la cámara en una mirada: esos pequeños pausas lucen porque el ritmo general no traiciona la tensión romántica ni la coherencia del mundo que construye.
En resumen: Twisted Games es para leer con las cortinas cerradas y el corazón un poco dispuesto a arriesgarse. Si te gustan las historias donde la etiqueta social choca con la urgencia del deseo, donde la protección puede convertirse en compañía y la obligación en opción, este libro te va a sentar muy bien. Bridget y Rhys no son héroes perfectos; son humanos con armadura. Y verlos bajarla —a su ritmo, a su manera, con golpes y ternura— es lo que convierte esta novela en una experiencia emocionante y, a ratos, deliciosa.