La mayoría de las veces, y más cuando no nos toca nada, es fácil quedarnos en la superficialidad de las cosas o de las gentes sin indagar más, e incluso nos permitimos juzgar sin conocer más allá.
Esta es la primera reflexión que me viene a la cabeza cuando empiezo a leer acerca de Elena Villa, una mujer de 45 años, de familia acomodada, que vive en Pozuelo con su marido y sus dos hijos, pero con cierta ingenuidad ante la persecución del éxito en su recién estrenada empresa de catering, y con un halo de inseguridad permanente que lo proyecta en la vida en común con su marido.
Hasta que descubro que la causa de esto último es algo tan superficial como el sufrimiento que tiene por el reflejo del tiempo en su físico, lo que me hace cambiar las tornas… que, además, afianzo según se van presentando el resto de personajes que pululan alrededor de Elena, que son sus amigas, otras tres mujeres más o menos de la misma cuerda, su marido Javier, e incluso su padre que llegará a ser casi el peor de todos.
A mi favor es que no se trata de prejuicios hacia los ricos…; es solo la reacción derivada de la “pluma” afilada con la que Verónica Sanz, una cara conocida para muchos por conducir programas en La Sexta, nos presenta a todos ellos; personajes que pertenecen como a una especie de tribu que viven en un ecosistema de lujo donde tienen sus propios códigos, pero ninguno está exento de conflictos que les atormentan y, quizá más acusados que los del resto de mortales, por vivir en esa burbuja de apariencias con el vértigo constante de poder caer en la desaparición social o, aún peor, que venga alguien de fuera a acaparar lo que no les pertenece porque lo que tienen solo puede pertenecerles a ellos.
Aunque, no nos vayamos a dejar influenciar por las apariencias, porque en el otro extremo tenemos a la antagonista de Elena, Daisy, una joven que aún no ha cumplido los 18 años, que anhela abandonar el futuro aciago que le espera y se interpone en la vida de rutina que lleva Javier, el marido de Elena, quién coge al vuelo porque para él representará una parcela donde el que manda es él, una válvula de escape fuera de las normas del clan al que pertenece.
Daisy quedará deslumbrada ante el mundo en el que penetra a veces y sobre el que siente una profunda envidia que la lleva a considerar que ella también tendría derecho a disfrutar de él, y no dudará en buscar la brecha por la que colarse en él.
A partir de aquí el lector asiste al confluir de estas dos “junglas” totalmente opuestas, pero muy similares en sordidez y miseria, por una situación que se produce al “saltarse las normas” uno y “romperlas” otra; una guerra en la que los bandos compiten con diferentes armas: estatus vs juventud, y solo una saldrá vencedora tras una trama negra con impredecibles consecuencias para todos los personajes, pero que sería necesario orquestar y ocultar en un pacto de silencio al que tendrán que sucumbir a él solo para poder “salvarse” dentro de ese mundo donde prima “la elegancia de lo silencioso” y el no dar que hablar para preservar el poder dentro de esa tribu social en la cual el escarnio público sería insoportable.
Un compendio de personajes infelices, cada uno con su particular quiero y no puedo, con profundas manchas negras que les taladra el pecho, en una trama que, según concluye la propia Verónica Sanz en esta opera prima, puede ser una de esas historias que se quedan detrás de una noticia que únicamente tiene 30 segundos de cobertura en la televisión, pero su trasfondo es espeluznante, e incluso, si es tal y como lo describe, agradeces no pertenecer.