
El próximo 16 de diciembre, literatos y literatas de todo el mundo celebramos una efeméride muy especial: el 250º aniversario de Jane Austen, figura esencial de las letras inglesas y, sin duda, una de las escritoras más queridas de la literatura universal. Pocas declaraciones de amor llevan generaciones haciéndonos suspirar tanto como las suyas: del “Permítame que le diga cuán ardientemente la admiro y la amo” del señor Darcy al momento en que el Capitán Wentworth está “entre la agonía y la esperanza”. Y es que, aunque nuestra Jane vivió y escribió hace más de dos siglos, sus novelas siguen muy vivas, consagradas como clásicos modernos. A pesar de que la autora completase únicamente seis (siete si contamos la epistolar Lady Susan) y tan solo llegase a ver publicadas cuatro de ellas, consideramos a Austen como la principal exponente de la novela de costumbres durante la Regencia (ese período en la historia británica que va de finales del siglo XVIII a mediados del XIX. La época de los Bridgerton, vamos). Su particular ingenio, perspicacia y uso de la sátira convirtieron sus libros en auténticos documentos de observación social, de los intríngulis de la clase media de su era y de una nueva concepción de la interioridad femenina, de interés perene y legado eterno.
Jane Austen nació el 16 de diciembre de 1775 en Steventon, en el condado inglés de Hampshire. Hija del rector del pueblo y la séptima de ocho hermanos (de los cuales solo otra más era una mujer, Cassandra, quien sería su confidente de por vida), Austen se crio en un entorno de confort rural, en el seno de una familia erudita que, si bien le concedió una educación formal que se le quedó algo corta (estudió junto a Cassandra en escuelas de Oxford, Southampton y Reading hasta los once años), la suplementó con un ambiente doméstico intelectual, que primero engendró y después alentó su vocación literaria. Fue precisamente en la extensa biblioteca de su padre donde Austen descubrió su amor por la ficción y desarrolló sus primeros ejercicios narrativos – escritos de adolescencia que empezarían a conformar su particular voz y estilo. En esa misma casa Austen completaría los borradores de algunas de sus más célebres novelas, aunque no serían publicadas hasta más de una década después.
Cuando su padre se jubiló en 1801, Austen se mudó junto a él, su madre y su hermana a Bath, un cambio brusco de su complaciente vida en el campo. Su tiempo en la ciudad, sin embargo, duró poco, ya que en 1805 su padre murió repentinamente, dejando a las tres mujeres en una situación económica precaria. Durante el siguiente lustro, hasta que se instalasen en casa de su hermano Edward en Chawton, subsistieron gracias a la caridad de familiares y amigos y alquilando aposentos más bien decadentes. En Chawton las Austen recuperaron la calma y la satisfacción doméstica, y Jane reanudó su actividad literaria, puliendo los manuscritos de sus novelas y gestionando su publicación a lo largo de los años siguientes, hasta que su salud empeorara lo suficiente como para tener que trasladarse a Winchester con su hermana para estar más cerca del hospital comarcal. Allí falleció en 1817, a los 41 años, de lo que se cree que fue la enfermedad de Addison.
Como hemos comentado antes, Jane Austen únicamente completó seis novelas: Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio, Mansfield Park, Emma, La abadía de Northanger y Persuasión, aunque ella solo llegó a ver publicadas las cuatro primeras y, además, nunca bajo su nombre — al igual que muchas escritoras del siglo XIX, Austen optó por el anonimato al publicar, absteniéndose por completo de seudónimos y firmando, en su lugar, con un sencillo pero significativo “By a Lady”. Significativo porque, a pesar de que prefirió mantenerse en las sombras, su elección de signatura no era neutra, sino todo lo contrario: reforzaba la identidad femenina de la autora y de los ángulos de sus historias. Tras su muerte, con la publicación de La abadía de Northanger y Persuasión que su hermano Henry pactó, se la nombró finalmente como autora de las novelas.
Durante los dos siglos siguientes, la vigencia y popularidad inagotables de Austen hicieron que se recuperaran y publicaran otros textos orbitales de la autora: tres volúmenes de historias de juventud, la ya mencionada novela corta Lady Susan y las inacabadas Los Watsons y Sanditon.
A pesar de que el canon austeniano se valió principalmente de la temática romántica para desplegar su agudo retrato social, Austen murió siendo soltera y sin que se le hubieran conocido pretendientes. Algunos biógrafos apuntan a un amigo, Tom Lefroy, como tal, y no obvian el episodio en que un colega rico de la familia le hizo una propuesta de matrimonio que ella aceptó solo para rechazarla de nuevo al día siguiente, cuando cambió de idea. Pero, más allá de eso, la vida sentimental de Austen fue... escasa, digamos (que entren las bolas del desierto). Aunque esta afirmación en realidad apunta hacia la mayor curiosidad de la bibliografía de y sobre Austen: la omisión de su correspondencia.
Esta elipsis no es fruto de un descuido: se calcula que Austen llegó a escribir alrededor de 3.000 cartas, pero solo se conservan 170 — tras su muerte, Cassandra quemó el resto, se dice que para proteger la intimidad de su hermana y la imagen que su familia quería proyectar sobre ella. ¡Y vaya si lo hizo! Doscientos años más tarde, lo que sabemos sobre el auténtico carácter de esta gran escritora son poco más que interpretaciones, y puede que ese vacío amoroso sea ilusorio, una laguna premeditada y sellada para la historia con el incendio controlado de Cassandra. Aunque esto, claro, también es una especulación...
Pero una producción literaria limitada, una biografía no fuera de lo común y una vida privada desconocida no han sido suficiente para frenar la obsesión popular por Jane Austen: existen desde reescrituras queer, detectivescas o zombieficadas de sus títulos a versiones teatrales, televisivas e incluso originales web series, pasando por las archiconocidas adaptaciones cinematográficas de los directores Ang Lee o Joe Wright y las libres transformaciones de sus textos, como en el caso de la romcom de instituto Clueless o la comedia gay Fire Island. Además, la autora sigue siendo objeto de ensayos, documentales y ficciones que hablan (más o menos) sobre ella, especialmente ahora, por su 250º aniversario: el libro Tras los pasos de Jane Austen de Espido Freire propone un retrato de la escritora a través de los territorios reales e imaginarios que marcaron su vida y obra; la serie de televisión Miss Austen dramatiza la quema de las cartas de Cassandra tras la muerte de Jane; y películas como Jane Austen arruinó mi vida lidian con el legado de la autora en las expectativas románticas (y también creativas) de las mujeres contemporáneas.
Los Janeites (es decir, esos fans devotos de cualquier cosa relacionada con Jane Austen) de todo el mundo sin duda se horrorizarían ante la perspectiva de que alguien se pregunte algo así, pero lo cierto es que, a pesar de su innegable notoriedad, hay quien no le ve el encanto a Austen en la actualidad. ¡Oye, no todo es para todo el mundo! Pero hay que mencionar que muchas de las heroínas literarias que vinieron después, de las ficciones costumbristas y, sobre todo, de las comedias románticas que han conquistado tantos corazones, no existirían (tal como son) sin ella. Piensa en todos esos enemies to lovers que tanto nos gustan, todas las parejas que, a pesar de caerse fatal, no pueden evitar caer rendidos el uno ante el otro: ¿qué sería de ellos si nunca se hubiese escrito el embrollo de Elizabeth Bennet y nuestro querido señor Darcy?
Quizá te suena que hace no mucho tiempo se viralizara una reseña, precisamente, de Orgullo y prejuicio, quejándose de que el libro trataba “Tan solo de un puñado de personas que van a las casas de los demás”. La cosa es que el comentario no es del todo equívoco, pero he aquí la magia incuestionable de Austen: fue de las primerísimas en prestarle atención y darle valor a lo ordinario, porque sabía que de lo ordinario se componen la mayoría de nuestras vidas. Y a quien le parezca aburrido, que recuerde que Austen supo encontrar las verdades que existen en el centro del tedio con tanta precisión que incluso hoy sabemos reconocerlas... ¡Que no es poco!
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