Llevo 27 años trabajando de cara al público, y puedo decir sin exagerar que he vivido situaciones tan surrealistas, absurdas y divertidas como las que cuenta Landero en esta novela. Por eso, Juegos de la edad tardía no solo me gustó: me hizo sentir acompañado. Me encontré riéndome no solo por lo bien escrita que está, sino porque muchas de esas situaciones me han pasado, o me podrían haber pasado perfectamente.
Gregorio Olías, el protagonista, es un personaje que, desde el primer momento, me resultó familiar. Un hombre atrapado en la rutina, con una imaginación desbordante que necesita canalizar de algún modo. Y ese modo, en su caso, es inventarse una vida paralela, exagerada, brillante, que le permita escapar de la mediocridad cotidiana. ¿Cuántos de nosotros no hacemos algo parecido, aunque sea de forma más discreta?
Lo que más me gusta de Landero es cómo mezcla el lenguaje cuidado con un sentido del humor muy fino. Hay momentos en que parece que todo se le va de las manos al personaje, y sin embargo seguimos con él, entendiendo cada decisión, por muy loca que parezca. Y es que cuando uno ha pasado tantos años atendiendo a todo tipo de personas, uno aprende que lo real y lo inverosímil están a veces separados por una línea muy delgada. Justo como en este libro.
No es una novela de acción ni de giros espectaculares. Es una historia que va calando poco a poco, con un ritmo que acompaña al pensamiento, y con una mirada muy humana hacia la necesidad de soñar, de inventar, de sentirse alguien más que un nombre en una nómina. Me hizo reír, me hizo pensar, y en más de un momento me hizo decir: “Esto lo he vivido yo”.
Recomiendo este libro especialmente a quienes trabajen con gente, a quienes pasen muchas horas en su cabeza mientras cumplen con su día a día, y a quienes aprecien ese tipo de humor inteligente que no necesita gritar para hacerte sentir.