Hay libros que te arrullan como una canción de playa, y otros que te dejan con el pecho lleno de eco, como si acabaras de gritarle al mar.
No hay verano sin ti es lo segundo.
Un verano sin risas. Sin sol. Sin ella. Un verano que no es verano, porque algo —alguien— falta.
En este segundo libro, Belly ya no es la chica que soñaba con primeros besos bajo los fuegos artificiales. Es una chica que ha conocido la pérdida. Que camina con la espalda un poco más encorvada. Que mira la playa como quien mira una fotografía: con nostalgia y un dolor que no sabe dónde guardar.
Susannah ya no está. Y ese vacío es el verdadero protagonista del libro.
No hay Cousins Beach sin su risa, sin sus desayunos tranquilos, sin sus brazos que sostenían a todos. El duelo se cuela en cada rincón de la historia como la marea que sube lenta pero constante. Y en ese duelo, cada personaje reacciona distinto.
Conrad, por ejemplo, se apaga. Se vuelve un faro que ya no guía, solo parpadea en la distancia. Duele verlo así. Él, que siempre fue el chico de los silencios intensos, ahora es solo silencio. Se esconde. Se encierra. Se rompe. Y sin Susannah, parece que no sabe cómo seguir siendo él.
Jeremiah, en cambio, es el que intenta sostenerlo todo. El que llama a Belly cuando las cosas se desbordan. El que aún cree que pueden arreglarse. Pero incluso su sonrisa, esa que siempre parecía eterna, se siente diferente. Menos luz. Más sombras.
Y Belly está hecha de duelo y preguntas.
¿Fue amor lo que tuvo con Conrad? ¿Fue real? ¿Fue suficiente? ¿Puede el corazón seguir latiendo después de romperse?
Este libro es una travesía por esas preguntas, y Jenny Han lo narra con una delicadeza que araña. No grita, no dramatiza: te deja sentir. En silencio, como se sienten las pérdidas grandes.
Lo más poderoso del libro es que no trata de una historia de amor, sino del amor después del amor. Del amor cuando ya no hay promesas. Cuando ya no hay besos en el porche ni canciones sonando desde la radio.
Trata de la confusión, del orgullo, de la culpa. Del miedo a volver… y del miedo a no volver nunca más.
El regreso a Cousins Beach no es un acto de nostalgia: es una misión. Todos están buscando lo mismo: una forma de sanar. Una señal de que todo este dolor vale la pena. De que el verano, roto como está, puede aún salvar algo. Y sí, hay momentos dulces. Risas que brotan como flores entre el asfalto del duelo.
Miradas que arden. Manos que se rozan.
Cuando lo terminas, no sientes alivio. Sientes un nudo en la garganta y sal en los ojos. Porque este libro no es sobre respuestas. Es sobre pérdidas. Sobre el momento exacto en que algo se termina. Y sobre la extraña, dolorosa y valiente decisión de seguir adelante.
No hay verano sin ti es un suspiro larguísimo. Un corazón descompasado. Una canción triste que suena en el fondo mientras el sol cae.
Porque no es solo que Susannah ya no esté.
Es que, sin ella, todos son versiones rotas de sí mismos. Y aun así se atreven a volver.