Aquí tenemos un buen thriller rural, con una ambientación oscura y oprimente muy bien lograda.
Se centra en la decadencia de un pueblo pequeño que había sido próspero gracias a la minería. Podemos empaparnos de la forma de vivir de los mineros y sus familiares. En cierto modo es una denuncia social sobre la expropiación de tierras en declive, los servicios sociales, la violencia de género, el maltrato, la salud mental, la crueldad humana.
Una lectura dura, con mucha tensión, intriga, suspense y miedo.
Supersticiones y secretos…
Narrado en tercera persona y en presente, con capítulos cortos. Los personajes están bien definidos, de los que iremos viendo su evolución.
Me ha encantado la pluma de Jota, capaz de meterte en esos sombríos escenarios, capaz también de transmitir esas sensaciones de ahogo y angustia.
“Frente a un siniestro caserón de piedra, anclado en medio de la cuenca minera asturiana, se detiene un coche de servicios sociales. Dentro del vehículo, Dani Sorribes no acaba de asimilar que haya acabado en ese lugar ni que, con solo trece años, haya quedado huérfano. Desde la ven-tanilla, no quita ojo a la figura que se recorta sobre el cielo. Una estructura metálica que se eleva junto a un oscuro bosque de hayas, en una mina abandonada que, nada más verla, le ha provocado un escalofrío.
Fuera del coche, Alicia, la mujer que lo acoge en su caserón, lo espera con una sonrisa amable y una mirada gélida. Para ella, la mina pertenece a una vida pasada de la que solo queda un amargo recuerdo. Esa mina cerrada años atrás, parte de un pueblo cercano; un pueblo detenido en el tiempo, desahuciado, casi deshabitado, y donde las casas se cierran todas las noches a cal y canto.”