Entrar en Todo lo que nunca fuimos es como cruzar la puerta de una casa donde aún huele a la vida que hubo antes del silencio. Alice Kellen te abraza con una prosa cálida y te arrastra por las habitaciones del duelo, la culpa y el amor que llega con las manos manchadas de pasado. No es un drama vacío: es pena que palpita, memoria que pesa y ganas tímidas de volver a pintar.
Leah es el centro de ese silencio. Joven, con talento para la pintura y una luz que se le fue apagando tras un accidente que se llevó a sus padres; desde entonces, los colores le duelen y el lienzo le resulta traicionero. Esa pérdida no es un decorado: es la atmósfera del libro. Leah no solo vive la ausencia; se sostiene encima de ella, a ratos tambaleándose, a ratos encontrando un pie firme.
Axel llega sin grandes pretensiones: es el mejor amigo del hermano de Leah, alguien acostumbrado a la libertad y a las mareas del corazón. Cuando Oliver (el hermano de Leah) se va por trabajo, Axel acepta cuidar de Leah; no sabe que, al hacerlo, se mete en el mapa de alguien que lo ha amado en silencio desde siempre. Axel no es el héroe perfecto; es humano, despistado, a veces torpe con el dolor ajeno, pero capaz de gestos que curan más que mil palabras.
La ambientación costera —esas playas que huelen a sal y recuerdos— no está puesta por postureo: funciona como un personaje más. Byron Bay y sus rincones (la brisa, las noches largas, la música que cuela por las ventanas) marcan el pulso de la novela y hacen que las pequeñas escenas (una noche en la playa, una taza compartida) resuenen como rituales de curación. Esa geografía emocional sostiene la tensión entre lo que fue, lo que queda y lo que podría nacer.
La novela construye su fuerza en lo cotidiano: no hay grandes giros imposibles, sino acumulaciones de momentos—miradas, silencios, cuadros colgados, cartas no enviadas—que lentamente rompen las barreras del dolor. Kellen filtra el duelo por la ternura; te enseña que la recuperación no es una línea recta sino cordones que se van atando poco a poco. Hay escenas que te encogen la garganta (cuando Leah toca un pincel por primera vez después del accidente) y otras que te regalan una sonrisa frágil pero limpia (los intentos torpes de Axel por hacerla reír).
Metafóricamente, la novela habla de restauración: imagina un viejo cuadro hecho trizas en el taller; cada personaje trae un trozo, cada conversación es pegamento y cada acto de confianza, barniz. Leah y Axel no borran las grietas —las reconocen— y, aun así, pintan sobre ellas. La belleza no viene de ocultar las cicatrices, sino de aprender a convivir con ellas y dejarlas brillantes, parte de la obra final.
Emocionalmente el libro es honesto y profundo. No busca manipular con catarsis artificiales: te pone frente a la complejidad de querer a alguien que te rompió sin hacerlo a propósito, de amar y de temer que amar implique perder otra vez. Las relaciones secundarias —Oliver, amigos, pequeños apoyos— funcionan como redes que impiden la caída libre; son manos que sostienen y que, a veces, empujan.
Si tuviera que señalar una de las virtudes del texto sería su ritmo: lento cuando debe serlo (para respetar el dolor), intenso cuando la emoción exige estallar. La prosa de Kellen es cálida, sin adornos innecesarios, y consigue que lo íntimo suene universal: cualquiera que haya tenido que recomponer su vida tras una pérdida encontrará un espejo en estas páginas.
Al final, Todo lo que nunca fuimos es una novela sobre la paciencia del amor y la valentía de seguir creando. No promete finales perfectos, pero sí ofrece algo más valioso: la posibilidad de que, aunque el pasado haya destrozado el lienzo, aún quede pintura suficiente para dibujar un mañana. Leah y Axel no son solo protagonistas de un romance: son dos restauradores que, con manos temblorosas, devuelven color a lo que creían perdido.