Hay algo en la pluma de Andrea Longarela que siempre me atrapa, pero cuando escribe sobre cicatrices, tiene un don especial para llegar a lo más profundo. April, Adam y la trayectoria de los planetas es la prueba de ello. Una historia sobre dos personas heridas, unidas por una fecha, una tragedia y un duelo imposible de esquivar.
April Harper me ha parecido un personaje maravilloso. Espontánea, ingeniosa y con una profundidad que desarma. Es de esas protagonistas que miran donde nadie se para a mirar, que escuchan lo que otros callan y que sienten con tanta intensidad que son capaces de reconstruirte a base de gestos pequeños. Carga con sus propias heridas, pero aun así dedica su energía a devolverle a Adam algo de la esencia que perdió tras la muerte de su novia. Es imposible no quererla, porque tiene esa manera de tocar lo invisible que, de alguna forma, te recompone un poco a ti también.
Adam, en cambio, es más opaco, un personaje lleno de sombras. Vive atrapado en la culpa, en la tristeza, en la ansiedad de una pérdida que le ha robado las ganas de existir. Está en ese limbo en el que huir de las emociones parece la única salida. Hasta que aparece April. Ella le enseña que soltar no significa olvidar, que despedirse de alguien no borra su recuerdo, sino que abre espacio para quienes siguen sosteniéndolo vivo. Juntos aprenden a escucharse, a comprenderse y a compartir un dolor que, poco a poco, empieza a transformarse en algo distinto. Y, es entonces cuando Adam descubre que April no es solo esa chispa alegre que le acompaña, sino que también guarda marcas invisibles bajo la piel.
Los secundarios completan la historia como un abrazo: Otto, Marie, Lewis, Miss Daisy, Pauline Harper… cada uno aporta un detalle, una palabra, un recuerdo que hacen de esta novela una experiencia única y cercana.
La narración es muy emotiva, con múltiples perspectivas y capítulos que empiezan con citas de otros autores, como si fueran pequeñas brújulas para guiar al lector. Andrea combina reflexiones sobre la vida, la muerte y lo que late entre ambas con el rubor de las primeras veces, los sentidos y los planetas que April escucha girar. Es cierto que, en ocasiones, el cambio de narradores me ha parecido un pelín lento, pero la belleza de lo que cuenta y la sensibilidad con que lo hace compensan cualquier freno.
April, Adam y la trayectoria de los planetas es de esas lecturas que dejan huella. Que se sienten como una conversación íntima con alguien que entiende tu dolor y lo traduce en palabras. Una historia que me ha conmovido y que me ha recordado que, incluso en medio de la pérdida, siempre hay un lugar para reconstruirse.
4⭐.