Una historia que huele a sal, a verano y a despedidas que nunca llegaron a ser del todo finales. Andrea Longarela construye una novela que es, ante todo, un viaje de regreso: a un pueblo, a una casa, a unos recuerdos y, sobre todo, a una versión de nosotros mismos que creíamos haber dejado atrás.
En el mar es un personaje más. Uno de esos personajes que no necesita hablar para decirlo todo. Está presente en cada rincón, en cada recuerdo, en cada ola que llega a la orilla y vuelve a marcharse, como si supiera que algunas personas hacen exactamente lo mismo: se alejan, pero nunca terminan de irse.
Y en medio de ese paisaje está Alba, para quien regresar significa enfrentarse a todo aquello de lo que intentó escapar. A las calles conocidas, a los lugares que todavía conservan la forma de su pasado y a todas esas cosas que parecían dormidas, pero que solo estaban esperando a que ella regresara para despertar.
Y entonces está Enol, quien está inevitablemente unido a Alba por una historia que no terminó cuando dejaron de mirarse, porque algunas historias no necesitan continuar para seguir existiendo.
Entre Alba y Enol hay mucho más que un romance. Está todo lo que no se dijeron. Las palabras que se quedaron atrapadas en la garganta, las decisiones que llegaron demasiado pronto y las heridas que el tiempo no consiguió borrar del todo.
El mar representa también la forma en la que funcionan Alba y Enol. Se acercan y se alejan constantemente, como las olas. A veces parece que por fin van a quedarse en la misma orilla y, justo cuando crees que lo han conseguido, algo los arrastra de nuevo hacia dentro.
Y creo que esa es una de las cosas que más me han gustado de la historia: que no intenta convertir el amor en algo sencillo. Porque querer a alguien no significa que todo vaya a ser fácil. No significa que el pasado desaparezca, ni que las heridas se cierren de repente, ni que dos personas puedan simplemente decidir que a partir de ahora todo irá bien. A veces querer también significa enfrentarse a aquello que duele. Reconocer los errores. Entender que algunas cosas no pueden cambiarse y que otras sí, pero requieren valor.
A veces necesitas regresar al lugar donde te rompiste para descubrir que ya no eres la misma persona que se marchó.
La novela está cargada de esa nostalgia que te aprieta el pecho de una forma casi dulce. Tiene momentos capaces de hacerte sonreír y otros en los que simplemente quieres cerrar el libro durante unos minutos y quedarte mirando al techo. Porque Andrea Longarela sabe escribir esas emociones que no son completamente tristeza ni completamente felicidad, sino ese punto intermedio que todos conocemos: echar de menos algo que ya no sabes si quieres recuperar.
Y eso es lo bonito.
Que El faro de los amores dormidos no habla únicamente de enamorarse. Habla de volver.
Volver a casa.
Volver a alguien.
Volver a recordar.
Volver a sentir.
Es una historia sobre esas partes de nosotros que dejamos atrás pensando que algún día podremos recuperarlas exactamente como eran. Pero el tiempo pasa, nosotros cambiamos y los lugares también. Quizá regresar no consiste en encontrar lo mismo que dejamos, sino en descubrir qué significa para nosotros ahora.
Alba, Enol y ese mar que parece saberlo todo forman una historia sobre los amores que nunca desaparecen del todo, sobre las segundas oportunidades y sobre la posibilidad de encontrar el camino de vuelta cuando creías haberlo perdido.
Porque quizá algunos amores no necesitan que los despierten.
Quizá solo necesitan que alguien vuelva a casa.
Y, al final, eso es lo que hace este libro tan bonito: te recuerda que hay lugares que nunca dejamos realmente atrás y personas que, aunque pasen los años, siguen teniendo una llave para entrar en alguna habitación de nuestro corazón.