Ha sido una de esas experiencias que permanecen contigo mucho después de cerrar el libro.
Andrea Longarela vuelve a demostrar que tiene una sensibilidad muy especial para escribir sobre las emociones. No solo cuenta historias, las acaricia, las desarma y las reconstruye con una delicadeza que resulta imposible no sentir. He terminado esta novela con el corazón lleno y la cabeza dando vueltas a muchas de las reflexiones que deja entre sus páginas. Es de esos libros que invitan a parar, a pensar y a mirar hacia dentro. Y tengo clarísimo que volveré a leerlo algún día, porque siento que todavía me quedan muchas cosas por descubrir entre sus líneas.
Al principio reconozco que me costó encontrar el ritmo. La historia está narrada desde cuatro voces distintas: Alba, Enol, Pelayo… y el propio mar. Durante los primeros capítulos me descolocó un poco ese cambio constante de perspectiva, porque sentía que todavía no conocía lo suficiente a ninguno de ellos como para moverme con soltura entre sus pensamientos. Sin embargo, conforme la historia avanza, todo empieza a cobrar sentido.
Comprendes que ninguna de esas voces está ahí por casualidad. Todas sostienen una parte del relato y, juntas, construyen una historia mucho más grande de lo que parecía al principio. Porque esta novela no habla solo de un romance. Habla de dos historias de amor que terminan entrelazándose a través del tiempo, de secretos que sobreviven a varias generaciones, de unas notas olvidadas, de un faro que guarda más recuerdos de los que parece y de cuatro jóvenes que, casi sin darse cuenta, terminan cambiando sus vidas mientras disfrutan de un verano junto al mar.
Alba ha sido, sin ninguna duda, el personaje con el que más he conectado. Me he visto reflejada en muchas de sus inseguridades, en esa dureza con la que se juzga a sí misma, en su forma de obsesionarse con una idea hasta no soltarla y en esa capacidad de seguir adelante sin arrepentirse de las decisiones que la han convertido en quien es. Tiene un humor negro que me ha sacado más de una sonrisa y una personalidad tan auténtica que resulta muy fácil cogerle cariño. Es imperfecta, impulsiva y tremendamente humana. De esos personajes que no intentan agradar a todo el mundo y que, precisamente por eso, terminan siendo inolvidables.
Con Enol, en cambio, mi relación ha sido bastante más complicada. Le he entendido en muchos momentos y he sufrido con algunas de sus heridas, pero también ha conseguido desesperarme como pocos personajes lo hacen. Me ha parecido tremendamente injusto consigo mismo y con quienes lo rodean. Se aferra al orgullo, evita enfrentarse a lo que siente y deja que el miedo tome demasiadas decisiones por él. Me costaba comprender cómo podía pasar tantos años alimentando un resentimiento que, en el fondo, nacía de su incapacidad para decir en voz alta aquello que llevaba tanto tiempo sintiendo. Le he querido, sí, pero también le he cogido una manía importante. Y, curiosamente, creo que eso habla muy bien de cómo está construido el personaje, porque me ha hecho reaccionar constantemente.
Y luego está Pelayo. Qué personaje tan bonito. Tan sensible. Tan necesario. Me ha conquistado desde la primera página y no ha dejado de hacerlo hasta la última. Hay una ternura en su forma de mirar el mundo que me ha desarmado por completo. Cada intervención suya conseguía emocionarme de una manera distinta, aportando esa calma que muchas veces necesitaba una historia cargada de emociones tan intensas. Y, por supuesto, no puedo olvidarme del mar. Nunca pensé que acabaría hablando de él como si fuera un personaje más, pero Andrea consigue darle una voz propia, una presencia constante que envuelve toda la novela. El mar observa, acompaña, guarda recuerdos, protege secretos y termina convirtiéndose en el hilo invisible que une todas las historias. Sin él, esta novela no tendría la misma magia. Y, probablemente, yo tampoco habría llorado de la forma en que lo hice.
Lo que más me ha emocionado de El faro de los amores dormidos no ha sido únicamente su historia, sino la forma en la que está contada. Andrea Longarela vuelve a demostrar que posee una sensibilidad extraordinaria para explorar el amor, la culpa, el paso del tiempo, las segundas oportunidades y todas esas heridas que permanecen abiertas incluso cuando creemos haberlas olvidado. Sus reflexiones me han acompañado durante toda la lectura y muchas de ellas se han quedado conmigo después de terminar el libro. Son de esas frases que subrayas casi sin darte cuenta porque sabes que, tarde o temprano, volverás a ellas.
Esta novela se ha ganado un lugar muy especial en mi corazón. No solo se ha convertido en una de mis mejores lecturas, sino también en mi libro favorito hasta el momento. Y si algo tengo claro después de cerrar sus páginas es que necesito seguir descubriendo todo lo que Andrea Longarela tenga por contar.
Sin ninguna duda, 5 ⭐.