El heredero, de Rafael Tarradas Bultó. Tal y como me pasó con otro de sus libros, El valle de los arcángeles, me ha hecho disfrutar muchísimo. De hecho, anoche, ni los gritos de las celebraciones de la victoria de España contra Francia en el Mundial consiguieron desconcentrarme, tan absorta me hallaba en su lectura, o más bien, atrapada.
España, 1936. Dos bandos, mucho dolor, familias, amistades, proyectos, vidas truncadas. Odio e incomprensión, pero también amor y verdadera amistad. Aunque la historia, en realidad, no comienza entonces, sino veinte años antes, en el cuarto de costura de una casa bien, con un romance clandestino y silenciado que condicionará la vida de muchas personas.
Como las buenas historias, sus personajes, incluso los secundarios, no tienen desperdicio, y reúnen lo mejor y lo peor del ser humano, incluso las “medias tintas”, porque como las personas en la vida real, no siempre actúan como héroes, sino que a menudo hacen lo que pueden. Podría hablar de los grandes protagonistas de esta historia, Antonio, Pablo, Montse, José Manuel, Inés…, pero destacaré otros que, a pesar de su breve aparición, me han impresionado sobremanera, como el pobre Ángel, el jovencísimo soldado de la “Quinta del Biberón”, que lloraba aterrorizado, recién cumplidos los diecisiete, arrastrado en contra de su voluntad a la sangrienta batalla del Ebro. O Lázaro, más cercano a un monstruo que a una persona, capaz de asesinar con sus propias manos, pero también de proteger. O Arancha, la monja cuya lucha interior la destrozó más que la propia guerra.
¿Una pega? Pues quizás que hay momentos, sobre todo al final, en que las cosas acaban yendo tan bien, tan perfecto todo, tan bonito, que no parece realista. Aunque tengo que confesar que me ha emocionado y encantado que haya sido así.
En fin, una lectura para recordar.