Yo ya sabía, más que de sobra, que Andrea Longarela hace magia con las palabras. Que no escribe, sino que hechiza. Que no coloca frases: acaricia cicatrices.
Tiene esa capacidad casi imposible de cuidar lo que duele y de desnudar cada emoción con una calma preciosa, como quien descubre un color que no sabía que existía hasta que lo ve brillar por primera vez. Y aun así, con todo eso sabido, este libro ha logrado sorprenderme. Me ha desbordado en silencio. Me ha roto… pero con una delicadeza que abriga.
Esta historia no se ha quedado en la superficie. Ha atravesado la piel y, con lo que ha encontrado dentro, me ha tejido un abrigo hecho a medida. No voy a mentir: al principio sentí la introducción lenta, casi inquietante. Una quietud que pesa un poquito sobre el pecho. Intuía cosas, esperaba otras, y me alegro muchísimo de haberme equivocado. Porque, desde las primeras páginas, había una vocecita dentro de mí diciendo: «aguanta, aún queda mucho que contar». Decidí hacerle caso.
Y menos mal.
He observado a Annie en silencio. La he mirado crecer desde lejos, respetando su ritmo. Su forma de enfrentarse a sus propios monstruos aún cuando el miedo la acompaña. Su manera distinta de querer, su curiosidad tímida, su ternura rara, esa fragilidad firme que parece romperse… pero no lo hace. Me ha impresionado su forma de sentirse viva con cada acto. Tiene una resiliencia tan bonita, tan honesta, que yo misma sentía que era un ovillo de lana y que Andrea iba tirando poco a poco del hilo… hasta dejarme sin ese nudo al que agarrarme.
Y luego está Drake. Qué personaje tan profundamente humano. Tan lleno de culpa que se ha olvidado de cómo respirar sin dolor. Vive atrapado en el eco de un accidente que no pudo controlar, castigándose a sí mismo, sobreviviendo a base de ruinas y silencios. Él es la sombra de lo que fue. Y sus pesadillas… son un hilo, una grieta por la que asomarse para empezar a desenredarlo (literal y metafóricamente). Me ha dolido leerlo. Mucho. Pero al mismo tiempo me ha despertado una ternura enorme. Me daban ganas de abrazarlo hasta que volviera a creerse merecedor de luz.
La historia avanza despacio. Pero no es un «despacio» torpe o casual. Es una lentitud consciente, necesaria, casi terapéutica. No corre. No busca giros inesperados. Simplemente permite que cada detalle cale, que cada estación pase, que cada herida respire sin prisa. Andrea nos pone delante a dos personas que cargan con más peso del que deberían, a un amor que se cuela sin pedir permiso, y a esa verdad que todos intuimos pero rara vez nombramos: no todas las flores despiertan al mismo tiempo. El hielo nunca se rompe justo donde lo esperas y toda decisión tiene una consecuencia. Algunas: irremediables.
Puede que yo también me vaya un poco por las ramas (lo sé), pero, quien lo lea me entenderá. Porque esta novela no solo te cuenta algo: te lo hace sentir. Te agarra del pecho. Te lo aprieta. Te acompaña en el dolor… y luego te deja libre. Pero no igual. Distinta. Más blanda. Más consciente.
Es dolor. Es ternura. Es esperanza. Es un amor único, escrito con una delicadeza que solo Andrea sabe manejar.
Y sí.
Las cinco estrellas se me han quedado cortas. ⭐