Conforme a la crónica bíblica Caín y Abel fueron los primeros hermanos de la historia, y también el mayor paradigma de la rivalidad fraternal, el odio irreconciliable y la violencia enquistada en el seno familiar hasta convertirse en maldición hereditaria. Recuperando el mito, Ana María Matute nos traslada a un microcosmos rural del siglo XX, donde el país se descompone en rencores ancestrales, patriarcados decadentes y criaturas que crecen ahogadas por el peso de un apellido que arrastra demasiadas sombras.
Desarrollada a raíz de unas cartas pertenecientes a Valba Abel —la hermana mayor— que alguien que los conoció de crío encuentra accidentalmente en su regreso al pueblo, observaremos el deterioro de un clan que parece condenado a repetir eternamente los mismos errores, traiciones y silencios culposos, por medio de un relato coral en el que cada personaje encarna una faceta diferente del mal que corroe a su estirpe, desde un patriarca autoritario apalancado en una profunda desidia y el vacío existencial, a unos hijos incapaces de amar y sin embargo necesitados de amor.
Con absoluto dominio de la prosa poética y dotada de la capacidad de transformar la cruda realidad en imágenes de belleza perturbadora, los paisajes castellanos, más que meros decorados, son extensiones del alma, con territorios devastados que reflejan la desolación interior de quienes los habitan, en un viaje de realismo social con cierto tono legendario que convierte a los Abel en saga universal sobre la herencia del mal bajo un nefasto sino.
Como debut literario, a priori la sitúo por debajo de «Nada», de Carmen Laforet, o «La sombra del ciprés es alargada», de Miguel Delibes, aunque esta obra es bastante más compleja y por tanto merecedora de una revisión más atenta, que no haré, porque quienes me conocéis sabéis que no soy de relecturas.
Radiografía de la España rural y sus miserias para traer de vuelta una infancia perdida en una novela que funciona a fuer de espejo deformante de una sociedad enferma, en la que la violencia se transmite de generación en generación igual que un virus que nunca llega a erradicarse por completo.
3,5.